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  • Enero 2018Nº 496

Historia de la medicina

Cuando la anestesia transformó la cirugía

Hasta mediados del siglo XIX, las operaciones entrañaban enorme riesgo y dolor para los pacientes. Fue entonces cuando dos cirujanos convirtieron esa antigua carnicería en ciencia.

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Cuando, pocos días antes de la Navidad de 1846, el veterano cirujano Robert Liston se detuvo frente a quienes ocupaban el nuevo quirófano del Colegio Universitario de Londres, sostenía en sus manos una botella con un líquido claro. Se trataba de éter, que podría acabar con la necesidad de operar a gran velocidad. Si satisfacía las demandas de los estadounidenses, la naturaleza de la cirugía iba a cambiar para siempre. Aun así, Liston no podía dejar de preguntarse si el éter no era solo otro producto del curanderismo, con poca o ninguna aplicación útil en la cirugía.

La tensión era elevada. Quince minutos antes de que Liston entrara en el quirófano, su colega William Squire se había dirigido a la concurrida multitud de espectadores y había pedido la ayuda de un voluntario. Un nervioso murmullo llenó la habitación. En la mano de Squire había un aparato semejante a un narguile árabe, hecho de cristal, con un tubo de goma y una mascarilla en forma de campana. El dispositivo lo había fabricado Peter, tío de Squire y farmacéutico de Londres, y había sido utilizado por el cirujano dental James Robinson para extraer una muela tan solo dos días antes. A los asistentes les pareció extraño. Nadie se ofreció voluntario para que lo ensayaran con él.

Desesperado, Squire ordenó finalmente al portero que se sometiera a la prueba. No fue una buena elección, ya que, como escribió el cirujano jubilado Harold Ellis, era «gordo, pletórico y sin duda tenía un hígado muy acostumbrado al alcohol fuerte». Squire colocó cuidadosamente el aparato sobre el rostro carnoso del hombre. Después de unas pocas inspiraciones profundas de éter, el portero saltó de la mesa y salió corriendo de la habitación, mientras maldecía al cirujano y a los espectadores con toda la fuerza de sus pulmones.

No hubo más ensayos. Pero el inevitable momento había llegado.

El final de la agonía

A las dos y veinticinco de la tarde, Frederick Churchill, un mayordomo de 36 años de la calle Harley, fue traído en una camilla. El joven padecía osteomielitis crónica en la tibia, una infección ósea bacteriana que había provocado que su rodilla derecha se hinchara y se doblara intensamente. En una primera operación, tres años antes, se le abrió la zona inflamada. Tal y como se describía en un artículo publicado en 1915 en American Journal of Surgery, «se le retiraron varios cuerpos laminados de forma irregular» y del tamaño de entre un guisante y un haba grande. El 23 de noviembre de 1846, Churchill regresó al hospital. Pocos días después, Liston hizo una incisión e introdujo una sonda en la rodilla. Con sus manos sin lavar, palpó el hueso para asegurarse de que se conservaba, ordenó lavar con agua caliente la zona descubierta y después secarla, e indicó que se permitiera descansar al paciente. Durante los siguientes días, el estado de salud de Churchill empeoró. Pronto empezó a sufrir un dolor agudo que irradiaba desde la cadera hasta los dedos de los pies. Este se repitió tres semanas más tarde, tras lo cual Liston decidió amputar la pierna.

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