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  • Enero 2018Nº 496

Biología

Evolución en las fronteras de la vida

El estudio de los peces que habitan en los manantiales de aguas sulfurosas revela mecanismos de la selección natural.

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Una tarde de septiembre en Tabasco, al sur de México, caminábamos por la selva guiados por el rumor del agua, en busca de un pez tan chico como notable. Las mariposas morfo azules revoloteaban haciendo gala de su brillo iridiscente y los monos aulladores bramaban desde las copas, distracciones que hacían más soportables el calor y la humedad sofocantes. Al poco divisamos un martín pescador verde que se zambullía en un riachuelo cercano y regresaba a su posadero para devorar la captura. Había apresado el pez que buscábamos: un topote del Atlántico (Poecilia mexicana), perteneciente a la familia de los pecílidos (Poeciliidae), cuyas hembras paren crías ya formadas y cuyos machos lucen llamativos colores que los convierten en piezas apreciadas por los acuaristas de todo el mundo.

Durante un instante recordamos con añoranza nuestro trabajo de campo en los días anteriores, cuando estudiamos el topote en un enclave a pocos kilómetros de allí, llamado arroyo de Cristal por la limpidez de sus aguas. Nuestra labor en aquel lugar había sido idílica: pudimos solazarnos sobre grandes rocas y troncos y sumergir las piernas en el agua fresca, mientras el objeto de nuestro interés nadaba entre los pies.

Todo iba a ser distinto aquella jornada. Mucho antes de llegar a nuestro destino, el olor a huevos podridos ya colmaba el aire, y las aguas, que corrían calmas, no eran cristalinas en absoluto, sino turbias y lechosas a consecuencia de la alta concentración de partículas de azufre en suspensión. Desde la orilla pudimos ver que las rocas sumergidas estaban cubiertas de un tapiz viscoso de bacterias sulfurosas, y el nutrido número de peces que nadaba en aquel arroyo hediondo lo hacía a flor de agua, con la boca abierta de par en par como si aspiraran bocanadas de aire.

A un recién llegado le habría costado creer que estábamos ante la misma especie que observamos la víspera en el arroyo de Cristal. Al fin y al cabo, el hábitat era radicalmente distinto y sus cabezas eran mucho más voluminosas, aparte de mostrar esa peculiar actitud para respirar. Pero no había duda sobre este extremo. Al fin habíamos llegado al lugar donde trabajaríamos ese día: El Azufre, un pequeño arroyo con niveles tóxicos de sulfuro de hidrógeno (H2S) de origen natural donde viven los topotes, que se las han apañado para tolerar semejantes condiciones.

Los ambientes ricos en H2S son mortales para los seres vivos inadaptados, incluidos los humanos; es cuestión de minutos o segundos. A la vista de su toxicidad, no sorprende que los organismos que medran en esas aguas hayan fascinado a los científicos desde hace tiempo. Los pecílidos adaptados a los entornos sulfurosos son objeto de interés desde los años sesenta del siglo pasado. Pero en la última quincena se ha generado un aluvión de estudios acerca de la ecología y la evolución de estos peces, en buena medida gracias a los avances en las técnicas de secuenciación genómica, que han posibilitado ver, a escala molecular, la adaptación a las condiciones ambientales adversas. Aunando las observaciones de campo con los análisis del ADN hemos adquirido asombrosos detalles sobre los entresijos de la selección natural, un mecanismo fundamental de la evolución. Además, estas investigaciones nos están permitiendo explorar los límites de la adaptación en los peces. Provistos de esa información, tal vez algún día logremos pronosticar el destino de las especies que soportan la contaminación y otras alteraciones del medio natural motivadas por la actividad humana.

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