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  • Enero 2018Nº 496
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Evolución

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Los seres más inteligentes del mar

El complejo comportamiento social de ballenas y delfines se relaciona con su voluminoso cerebro.

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Las orcas disponen de dialectos específicos de grupo, los cachalotes se cuidan de las crías de sus semejantes y los delfines mulares cooperan con otras especies. Según un reciente estudio publicado en Nature Ecology and Evolution, estas habilidades sociales guardan una estrecha relación con el tamaño cerebral de los animales.

Hace casi treinta años, los científicos propusieron por primera vez la existencia de un vínculo entre la vida social y la expansión del cerebro, o encefalización, al observar que las especies de primates con mayor masa cerebral vivían, por lo general, en grupos más grandes. Más tarde, esta teoría se amplió para asociar el tamaño del cerebro a otras características sociales, como la resolución de conflictos y la distribución de los alimentos.

Michael Muthukrishna, especialista en psicología económica de la Escuela de Economía de Londres, y sus colaboradores buscaron un vínculo similar entre el volumen del encéfalo y la sociabilidad de los cetáceos, el orden de mamíferos que incluye a las ballenas, los delfines y las marsopas. Recabaron datos sobre la masa encefálica y corporal de los cetáceos, el tamaño del grupo y el comportamiento social. Analizaron un total de 90 especies de cetáceos y observaron que la variable que mejor predecía el tamaño del encéfalo era un índice que tiene en cuenta diversas características sociales, como la cooperación con otras especies, la caza en grupo y la existencia de vocalizaciones complejas. El encéfalo más grande también se asociaba a otros factores, como la riqueza de la dieta y el ámbito geográfico.

Según los autores, estos resultados concuerdan con la teoría de que los cetáceos desarrollaron un cerebro voluminoso para enfrentarse a los retos de la vida en entornos sociales con mucha información. Pero Robert Barton, biólogo evolutivo de la Universidad de Durham que no participó en el estudio, recomienda cautela a la hora de extraer conclusiones sobre causalidad en los análisis de correlación. También subraya la importancia de examinar regiones cerebrales específicas que podrían evolucionar de manera distinta. Su propio equipo ha observado, por ejemplo, que el cerebro de los primates nocturnos desarrolla estructuras olfativas de mayor tamaño que las de especies activas durante el día.

Para Muthukrishna, la principal limitación de su estudio es que no se dispone de suficiente información sobre numerosas especies de cetáceos. Y añade que conocer más datos de las ballenas y los delfines podría revelar que otros factores, como la esperanza de vida y la duración de la etapa juvenil, también pueden influir en el tamaño del cerebro.

Comprender cómo los cetáceos desarrollaron un cerebro de gran tamaño nos podría ayudar, en último término, a reunir las piezas de nuestra propia historia evolutiva. Como estos animales ocupan un ambiente completamente diferente al de las personas, Muthukrishna afirma que «constituyen un grupo de control útil para comprobar hipótesis sobre la evolución humana».

 

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Fuente: «The social and cultural roots of whale and dolphin brains», por Kieran C. R. Fox et al. en Nature Ecology & Evolution, 16 de octubre de 2017; Amanda Montañez.

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