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«Diez años de perseverancia hicieron posible el ALBA»

El presidente honorífico del sincrotrón ALBA, Ramon Pascual, desgrana en esta entrevista los factores que marcaron la gestación del proyecto. Política, economía y ciencia se entrelazan en una historia de altibajos que culminó con la construcción de una instalación puntera.

Ramon Pascual de Sans. Nacido en Barcelona en 1942, estudió física en la Universidad de Barcelona, donde se licenció en 1963. En 1966 obtuvo su doctorado en la Universidad de Valencia. Especializado en mecánica cuántica y teoría de partículas elementales, ha sido catedrático de física en la Universidad de Zaragoza, la Univer­sidad Autónoma de Madrid y la Universidad Autónoma de Barcelona, donde también fue rector de 1986 a 1990. Presidió la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona de 2011 a 2017. Ha recibido diversas condecoraciones, como la medalla Narcís Monturiol en 1991, la Cruz de Sant Jordi en 2011 o la Encomienda de Alfonso X el Sabio en 2016. En la actualidad, continúa vinculado al sincrotrón ALBA (fondo de la imagen) en calidad de presidente honorífico, así como al Instituto de Física de Altas Energías (IFAE) de la Universidad Autónoma de Barcelona, de la que es pro­fesor emérito. [ALBA]

En síntesis

Para superar las carencias en grandes infraestructuras de ciencia y tecnología que sufre España, a comienzos de los años noventa empezó a gestarse la idea de construir una fuente de luz de sincrotrón.

El desarrollo del proyecto tuvo que superar numerosos obstáculos y desconfianzas, provenientes, en parte, de la propia comunidad científica.

Gracias al empeño de sus promotores políticos y científicos, el sincrotrón ALBA es hoy una realidad y se encuentra entre las mejores instalaciones europeas.

Tras estudiar física en la Universidad de Barcelona y doctorarse en la Universidad de Valencia, en 1967 Ramon Pascual realizó una estancia posdoctoral en el Centro Internacional de Física Teórica de Trieste. Esta ciudad portuaria dibujaba, con París, una línea al suroeste de Europa que delimitaba entonces un área sin ninguna fuente de luz de sincrotrón.

A principios de los años noventa comenzaron algunos esfuerzos para compensar ese déficit y Pascual, que para entonces ya había sido rector de la Universidad Autónoma de Barcelona, no dudó en sumarse a la iniciativa de construir una instalación de este tipo en España. Su paso por el CERN, el Laboratorio de Física Teórica de Orsay y el Laboratorio Rutherford de Oxford le serviría para avanzar, con su equipo, en el diseño del proyecto. En esta entrevista repasa los altibajos del largo camino que esa idea tuvo que recorrer para convertirse en realidad. Ilusión y colaboración, pero también recelos y desconfianzas, éxitos, y también proyectos fallidos, marcaron la gestación del ALBA, que finalmente vio la luz gracias a la perseverancia de sus promotores.

Sr. Pascual, usted viene del campo de la física teórica, no de la experimental. Efectuó el cambio durante su etapa de gestor porque, aunque tenía formación en física de partículas, desconocía el mundo de los aceleradores, ¿no es así?

En efecto, pertenezco al campo de la física teórica y entonces no entendía mucho acerca de sincrotrones. La primera vez que oí hablar de la luz de sincrotrón fue en una conferencia de Manuel Cardona, el físico catalán más importante, impartida hacia 1968 en la que era entonces mi universidad, la Universidad Complutense de Madrid. Explicó que se estaban estudiando muestras de materia con la luz producida en el Sincrotrón de Electrones Alemán (DESY), en Hamburgo.

¿Cuáles fueron los primeros pasos ante el reto de construir el sincrotrón ALBA?

Lo primero que hicimos fue formar un grupo de trabajo para estudiar la viabilidad de la idea. En él estaban, entre otros, Joan Bordas, por entonces director adjunto del sincrotrón británico de Daresbury, y Salvador Ferrer, jefe de línea del Laboratorio Europeo de Radiación de Sincrotrón (ESRF), en Grenoble. A la luz del estudio, el Gobierno catalán nombró una comisión asesora, presidida por Cardona, que recomendó a Bordas como director. Ahora ya se ha producido el relevo: no estamos ni el director, ni los primeros jefes de división ni yo.

La puesta en marcha del ALBA conllevó un gran trabajo previo de reuniones e informes. ¿Fue difícil establecer relaciones con países que ya tenían experiencia en el sector?

Fueron diez años de trabajo previo con una intensa colaboración internacional. Pero establecer relaciones fue muy fácil porque en la comunidad científica todos nos conocemos, no hay secretos. Tanto Bordas como la comisión asesora lo pusieron fácil.

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