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1 de Febrero de 2020
Farmacología

Hongos contra el dolor

Una proteína fúngica podría ser una fuente de nuevos opiáceos.

Hongos Penicillium. [DR MICROBE, GETTY IMAGES]

Los opiáceos calman el dolor con suma eficacia porque activan ciertos receptores, proteínas celulares que responden a sustancias específicas. El lado negativo es que en ocasiones causan graves efectos adversos que pueden ser mortales, como la depresión respiratoria. Una investigación reciente podría inspirar opiáceos de nueva generación que proporcionarían analgesia con menos riesgos.

Científicos de Australia han descubierto unos péptidos (cadenas cortas de aminoácidos) que actúan en cierto modo como los opiáceos y que proceden de una fuente inesperada: un hongo Penicillium. «Se descubrió en un estuario inalterado en uno de los confines del mundo: Tasmania», afirma Macdonald Christie, neurofarmacólogo de la Universidad de Sídney y autor principal del nuevo estudio, publicado el pasado octubre en Proceedings of the National Academy of Sciences USA. Asegura que, fuera del sistema nervioso de los vertebrados, raramente se encuentran péptidos que activen tales receptores y modifiquen la intensidad del dolor.

Los receptores de los opiáceos pertenecen a una familia que controla innumerables funciones cerebrales. En las neuronas donde se sitúan, transmiten señales a través de un tipo de moléculas llamada proteínas G. Durante un tiempo se pensó que los fármacos que interaccionaban con el receptor de los opiáceos sencillamente estimulaban o inhibían la transmisión de las señales a través de las proteínas G, afirma Christie. Pero desde entonces se ha descubierto que dichos receptores están vinculados con muchas otras proteínas, por lo que influyen en múltiples vías de transducción de señales en el interior de la célula.

«La mayoría de los descubrimientos de fármacos en este campo se han basado en activar o desactivar la interacción con las proteínas G», aclara Laura Bohn, neurocientífica del Instituto de Investigación Scripps en Florida, que no ha intervenido en el trabajo. Pero «en lugar de seguir pulsando el interruptor sin más, ahora buscamos modos de conseguir exactamente lo que queremos. Y lo que queremos es aliviar el dolor, no causar una depresión respiratoria por una sobredosis, ni tampoco una adicción». La investigación de Bohn ha vinculado los efectos analgésicos de la morfina, un opioide muy utilizado, con la activación de las proteínas G, y ha relacionado la depresión respiratoria que a veces causa con la activación de una proteína reguladora llamada arrestina β.

La mayoría de los opiáceos, entre ellos todos los naturales, añade Christie, activan tanto la vía de la arrestina β como la de las proteínas G. Pero la bilorfina, un compuesto que los investigadores del nuevo estudio han creado a partir de los péptidos fúngicos, solo actúa sobre las proteínas G, explica Christie. «Es un gran paso, porque sabíamos que en farmacología todo el mundo busca opiáceos que no alteren la vía de la arrestina.» Ahora bien, Bohn y Christie coinciden en que hallar fármacos exentos de efectos secundarios requerirá de algo más que no tocar la vía de la arrestina β.

La bilorfina ya ha sido estudiada en ratones, pero solo mitigó las señales de dolor cuando se inyectó directamente en la médula espinal, lo cual significa que es incapaz de atravesar la barrera hematoencefálica. El objetivo es ahora diseñar derivados que penetren en el encéfalo pero conserven sus peculiares propiedades, esto es, que calmen el dolor sin paralizar la respiración.

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