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La domesticación del tiempo

La predicción meteorológica fue modelada, a la vez que limitada, por la estadística y la construcción de las naciones-estado.

Paso de la tormenta del Mar Negro a través de Europa del 12 al 16 de noviembre de 1854, según el mapa elaborado por Emmanuel Liais y presentado por Urbain Le Verrier en la sesión del 31 de diciembre de 1855 en la Academia de Ciencias de París. [FUENTE: L’Espace Céleste, ou Description de l’Univers, suivi de récits de voyages entrepris pour en compléter l’étude, 2.ª ed. Emmanuel-Bernardin Liais, Garnier Frères, París, 1881]

La predicción del tiempo es la práctica más conocida de la meteorología. Cuando pensamos en ella, imaginamos mapas de tiempo con frentes, depresiones y anticiclones; y vemos isobaras que unen lugares con la misma presión atmosférica. Es más, damos por sentado que estos rasgos son la forma normal de visualizar los cambios del tiempo. Pero la elección de este tipo de representación es el resultado de desarrollos relativamente recientes. De hecho, fue en la segunda mitad del siglo XIX, momento en que se fueron construyendo las naciones-estado y el centralismo se impuso en Europa y América, cuando la cartografía del tiempo pasó a ser una práctica aceptada y legitimada por meteorólogos y gobernantes por igual.

En efecto, de 1855 a 1865, físicos como Urbain Le Verrier, del Observatorio de París, su asistente Hippolyte Marié-Davy y el jesuita Angelo Secchi, del Observatorio del Colegio Romano, propusieron que el avance de las áreas de baja presión podía predecirse mediante mapas de isobaras. A estas áreas las llamaron depresiones. Sentaban así las bases de una práctica —que era un arte más que una ciencia— que perduró hasta los años veinte del siglo pasado.

Meteorólogos de diferentes servicios nacionales adoptaron el método. Y no solo eso. También compartieron dos principios básicos: primero, que el comportamiento del tiempo venía determinado, en gran medida, por la distribución de la presión atmosférica; segundo, que el tiempo «viajaba» a través de los mapas sinópticos. Así, las «bajas» eran las portadoras del mal tiempo, mientras que las «altas» anunciaban bonanza. Las isolíneas tenían el poder de crear cosas «trazables y rastreables», entidades que adquirían el estatus de realidades objetivas. Los mapas isobáricos ganaban, de este modo, la legitimidad científica de los servicios gubernamentales, y lograban así aceptación entre el público general.

Sin embargo, medio siglo después, esos dos principios comenzaron a desmoronarse. Un grupo de la escuela de meteorología de Bergen revolucionó el campo de la predicción, introduciendo los conceptos de masa de aire y frente, y dibujando frentes (franjas de transición entre dos masas de aire) en los mapas. Vilhelm Bjerknes, líder de esta escuela, describía así las limitaciones de sus predecesores: «Durante cincuenta años, los meteorólogos de todo el mundo miraron a los mapas del tiempo sin descubrir sus causas más importantes. Yo solo di el tipo apropiado de mapas a los jóvenes científicos apropiados» (esto es, a los físico-matemáticos con inquietudes meteorológicas). Y así lo veía un colega suyo, Richard Reed, en 1977: «Los principios físicos y los conceptos teóricos desempeñaron un papel pequeño, si no nulo, en la predicción práctica del tiempo hasta la Primera Guerra Mundial».

¿Por qué se había adoptado, pues, aquel método predictivo? ¿Cómo es que se aceptaron, casi universalmente, unos principios que luego iban a ser rechazados por erróneos, infundados y físicamente absurdos?

El argumento más común esgrimido por historiadores y científicos es que en el siglo XIX la predicción del tiempo era demasiado empírica. Como se basaba en técnicas de extrapolación, reglas empíricas e intuiciones, han tendido a pensar que no era suficientemente científica. Pero ello no explica que fuera aceptada de forma casi universal.

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