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Premio de periodismo científico otorgado por el CSIC a Investigación y Ciencia en 1994.

A hombros de gigantes llegó Investigación y Ciencia en octubre de 1976, a un público ansioso de conocimientos en un momento crucial de la historia de la España contemporánea, abierta a la democracia. Los gigantes tenían nombre y apellido: Gerard Piel, Dennis Flanagan y Donald H. Miller. Habían comprado en 1948 la cabecera de Scientific American, un tabloide creado en 1845 dedicado a inventos y descubrimientos. Piel y Flanagan procedían de la Life, una revista gráfica de éxito millonario. Se propusieron transformar el viejo planteamiento de la revista y darle un aire nuevo, donde la ilustración formara un todo único con el texto y no se limitara a ser mero apéndice decorativo. Convirtieron la nueva revista en un medio autorizado y prestigioso, en el que los autores eran los mismos científicos que estaban roturando la avanzadilla del campo en cuestión, auxiliados en su redacción e ilustración por el equipo de la revista.

Partidarios de que el saber era un derecho de la humanidad entera, fomentaron la participación de los beneficios de la ciencia en todo el mundo. Y así fueron apareciendo las múltiples ediciones de Scientific American en otros países y lenguas.

No contábamos en España con un medio similar. Había habido algunos esfuerzos beneméritos. De hecho, la divulgación de la ciencia había sido objetivo principal, aunque apenas conocido, de figuras señeras de la filosofía hispana en la primera mitad del siglo XX: Manuel García Morente, José Ortega y Gasset o Xavier Zubiri. La propia Revista de Occidente había traducido algunos artículos de Scientific American. Empeños efímeros fueron Euclides, sobre lógica y matemática, Las Ciencias y otras menores. Solo resistía Ibérica como publicación periódica. Algunas editoriales habían traducido compendios de artículos de la revista americana, que gozaron de buena aceptación en nuestra comunidad universitaria.

La aparición de la edición española de Scientific American se debe a la inteligencia y tenacidad de Francisco Gracia Guillén, director general entonces de la Editorial Labor, empresa participada por Explosivos Río Tinto, de donde él procedía. Aunque licenciado en filosofía y en derecho, era suscriptor desde hacía tiempo atrás y, en cuanto pudo, se aprestó a traerla a España. Investigación y Ciencia fue la tercera edición en orden de publicación, precedida solo por las ediciones italiana (1968) y japonesa (1971).

¿Cómo nació Investigación y Ciencia? Constituida la sociedad Prensa Científica, había que ponerse manos a la obra. Solo teníamos facultad para introducir un artículo español en cada número. Parecerá escasa aportación, pero no lo era si tenemos en cuenta el nivel de la revista madre, que contaba sus firmas por premios nóbel. En el primer número publicamos un artículo de Ramón Margalef, padre de la ecología española, de prestigio internacional. Se trataba de una exposición basada en un ensayo pionero: el estudio de la biología de los embalses, estructura pública que caracterizó al franquismo y que ofrecía un experimento único para el estudio de la formación e interrelación de nuevas comunidades.

Se dio, además, un fenómeno insólito en el talante de la comunidad académica. Citaré un caso por botón de muestra. Con generoso desinterés, Pedro Pascual (progenitor de la física y físicos de altas energías de nuestro país) se comprometió él mismo a traducir los artículos de la materia y a aconsejar la invitación de otros, que, al venir la sugerencia de quien venía, no se podían negar. Asegurada la excelencia de las traducciones y la selección de la primera hornada de autores idóneos, la criatura empezó a crecer, mecida por la buena recepción brindada por estudiantes y profesores, amén de profesionales. Creó escuela, y a su imagen surgieron otros proyectos de distinto nivel y suerte, como suplementos de ciencia en los periódicos, programas de televisión, etcétera. Ni que decir tiene que, desde un comienzo, hubo particular interés en establecer el uso de un español digno, que evitase los cómodos anglicismos que algunos confunden con el conocimiento del tema. A este respecto, Ángel Martín Municio reconoció explícitamente ese esfuerzo al firmar, en nombre de la Real Academia Española de la que era vicepresidente, una suerte de bases de relación mutua entre esa entidad y la publicación.

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Una celebración en familia

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