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1 de Octubre de 2016
Comunicación científica

El arte de ligar con el espectador

O cómo construir una buena historia televisiva para captar el interés del público.

Jaume Vilalta en el plató del Quèquicom. [CORPORACIÓN CATALANA DE MEDIOS AUDIOVISUALES]

Comunicar es como ligar: hay que captar la atención, mantener el interés y resolver las expectativas. Despliegas las plumas, alimentas la curiosidad y culminas lo mejor que puedes. Tienes que cuidar mucho los principios y los finales: sin un buen inicio, la relación no va, y el final es lo que deja buen o mal sabor de boca. Si, captado el interés, consigues cita, tendrás que mantener una conversación; pero si no hablas el mismo idioma que tu interlocutor, lo tienes mal.

Si lo que pretendes comunicar es información científica, no puedes olvidar que la gente no conoce el idioma de la ciencia. Deberás usar el lenguaje común. Desde la infancia, adquirimos unos modelos de relación con el mundo que son universales y que nos servirán para crear metáforas, analogías y asociaciones de ideas que harán posible avanzar en el conocimiento. Con la balanza; el podio; la llave y la cerradura; los quesitos y un dentro/fuera podrás explicar un gran número de conceptos abstractos. Cada una de las partes establece su relación a partir del yo. Muy pronto deberás responder a un «¿Y eso, a mí, qué me importa?», «¿Es bueno o malo?», «¿Para qué sirve?». Si tus respuestas son siempre negativas, no vas a ligar mucho.

Para mantener el interés hay que contar historias, relatos. Y toda historia tiene un protagonista (el fumador) con un objetivo (dejar de fumar). Y un antagonista (¿el tabaco? No: él mismo) que genera un conflicto. Planteamiento, nudo y desenlace. Y siempre, siempre, personas que tienen sus contradicciones, con las que nos podemos identificar o no. Personas con carisma. Un proyecto debe contarlo quien está dotado para ello, no quien más sabe o más manda. En la narrativa televisiva, los personajes son básicos. De su mano vamos a compartir experiencias con el espectador. No se trata de aleccionar. Despertemos la curiosidad y avancemos juntos en la resolución del enigma. Eso lleva su tiempo, pero cala más que saturar al receptor con datos y datos.

Esos son los mimbres. Como se ve, en un cesto que cumpla esas condiciones cabe poca materia. Y en televisión, que tiene como requisito la secuencia de imágenes, menos aún. No se puede, no se debe, contar todo. Hay que aprender a renunciar para centrarse únicamente en una idea principal y un par de secundarias (que apoyan a la primera), más un regalito, breve, para el usuario avanzado. Y basta. La televisión es buena transmitiendo realidades tangibles y emociones, pero no tanto explicando conceptos abstractos. Cuando alguien dice «no sabía que me interesaba este tema» hemos cumplido el objetivo. No esperemos que aprenda «todo lo que debería saber» sobre aquello, basta con que quiera saber más. Ya hará su propio camino.

Todas las historias tienen sus momentos buenos y malos. Valoramos un gol porque vemos que cuesta mucho meterlo. Pero ocurre que los científicos no documentan los fracasos y con ello pierden valor. Tampoco suelen tomar partido abiertamente en temas sociales. En los últimos años, sin embargo, el esfuerzo de las entidades científicas por ganar presencia mediática ha sido enorme. Han entendido que científicos y periodistas pensamos al revés el uno del otro: el científico tenderá a retroceder hasta Pangea para explicarte la pasta de dientes, pasando primero por el método, la bibliografía, los ingredientes y las fuentes. Lo interesante quedará, en general, disuelto en el discurso. Separar el grano de la paja e intuir lo que tiene interés constituye un arte. Y por ello confían cada vez más en los profesionales de la comunicación. Un tándem que llegará cada vez más lejos.

Artículo incluido en

Comunicar la ciencia en el siglo XXI

    • VV. AA.

Catorce de las personalidades más destacadas de la comunicación científica en España reflexionan sobre la apasionante y compleja tarea de acercar la ciencia a la sociedad.

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