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Scientific American, de agencia de patentes a embajadora de la ciencia global

La ciencia es un motor de la prosperidad humana. Gracias a ella hacemos descubrimientos y los aplicamos a nuestros problemas más difíciles. Las políticas más importantes que se deben adoptar hoy, se trate de la energía, de gestionar una demografía cambiante o de vivir de forma sostenible en un mundo finito, requieren un conocimiento básico de la ciencia. Podemos estar agradecidos de tener revistas como Investigación y Ciencia, con su maravillosa tradición de ofrecer una visión del mundo basada en pruebas.

¿Siente quizá curiosidad por saber más sobre la revista matriz de Investigación y Ciencia, Scientific American, que se traduce hoy a catorce lenguas de todo el mundo? Forma parte de Springer Nature. Cuenta con más de siete millones de lectores en sus plataformas impresa y digital. Y se distingue de las demás revistas de divulgación en que se vale regularmente de expertos como autores de sus contenidos (más de 150 premios nóbel han escrito para ella más de 250 artículos).

Scientific American es la revista que más tiempo lleva publicándose en Estados Unidos de forma ininterrumpida. Se fundó el 28 de agosto de 1845 —¡en agosto de 2015 celebró su 170.o aniversario!—. Durante más de medio siglo fue un semanario. Como además ha sacado suplementos durante decenios, su archivo digital atesora más de 150.000 artículos. Hubo incluso una edición traducida al castellano en el si-
glo XIX. Aunque solo duró un par de décadas, su existencia ofrece una muestra de la importancia que la presencia internacional ha tenido siempre para Scientific American, tal y como la tiene para la ciencia misma.

Nacida cuando la Revolución Industrial se extendía por los jóvenes Estados Unidos, prometía a los lectores que sería «la abogada de la industria y la empresa, y la revista de las mejoras mecánicas y de otras índoles». Hizo la crónica del progreso de la creatividad y de los descubrimientos humanos mientras la ciencia moderna y nuestra joven nación se desarrollaban a la vez. En la primera página del primer número aparecía un vagón de ferrocarril mejorado aerodinámicamente. La redacción elogiaba también el telégrafo de Morse, al que llamaba «esta maravilla de la época», y ofrecía una lista de patentes, grabados originales de nuevos inventos y artículos sobre ciencia.

El fundador, Rufus Porter, concibió más de cien inventos, de los que patentó alrededor de la cuarta parte. Entre ellos estaba el mecanismo del revólver, que vendería a Colt. Pero Porter no fue solo editor y director de una revista e inventor. También pintaba. No se podía estar quieto. Apenas diez meses después de fundar Scientific American, la vendió.

Los compradores fueron Orson Desaix Munn y Alfred Ely Beach. Casi nada más empezar, ya les estaban asediando los inventores que querían ayuda. Pedían que se les orientase y apoyase en sus patentes y ofrecían pagar a cambio.

Munn & Company abría en 1850 el primer despacho de su agencia de patentes. Para 1859 tenía delegaciones en Nueva York, Washington, Londres, París y Bruselas. Hacia 1860, un tercio de las patentes concedidas en Estados Unidos se obtenían con la ayuda de Scientific American. Para 1924, Munn & Company había preparado 200.000 solicitudes de patente. Una de ellas fue la del metro neumático del propio Beach. El prototipo que exhibió en 1870 fue el primer metro de Manhattan; se podía subir a él y recorrer un trecho, para asombro de las masas. Creó también un nuevo diseño de máquina de escribir y muchos otros inventos.

El inventor Thomas Edison, que contaba que siendo todavía un chico caminaba cinco kilómetros para conseguir cada semana su ejemplar, fue un visitante asiduo de las oficinas de Scientific American. En 1877, los miembros de la redacción fueron los primeros en ver uno de sus nuevos inventos: el fonógrafo. La máquina preguntó: «¿Cómo están? ¿Les gusta el fonógrafo?». Alfred Beach ayudó a Edison a solicitar la patente, como había hecho con Alexander Graham Bell, Samuel F. B. Morse y miles más. En cuanto a Munn & Co., ¡siguió siendo la propietaria de la revista durante cien años!

En los años cuarenta del siglo XX, sin embargo, la revista vivió tiempos difíciles. Dennis Flanagan y Gerard Piel la compraron en 1948, con otro inversor, y la rehicieron, dándole la forma que más o menos tiene hoy. Piel creía que el mundo debía participar en la ciencia y compartir sus beneficios. Como una especie de embajador de buena voluntad de la ciencia, buscó asociados internacionales. Scientific American publicó una edición en la antigua Unión Soviética y expandió su cartera internacional: hace más de treinta años que cuenta con ediciones en Alemania, Italia y España.

Hay muchas cosas que no les he contado. No les he hablado de cuando publicamos en 1881 un artículo de Louis Pasteur sobre las vacunas. O de cuando H. G. Wells escribió sobre el futuro en 1904. O de que el Gobierno de Estados Unidos censuró Scientific American cuando Hans Bethe escribió sobre la bomba H en 1950. O de que Einstein escribió sobre su última teoría en 1951. O de que Salk explicó la vacuna de la polio en 1955. Y Carl Sagan, en 1975, la búsqueda de extraterrestres. Y Robert Gallo, en 1988, el sida.

La lista sigue. Al reflexionar sobre la historia de Scientific American e Investigación y Ciencia como importantes comunicadoras globales del desarrollo de la investigación, no puedo esperar a ver qué asombrosas innovaciones cubriremos para el mundo de mañana. 

Reunión de las ediciones internacionales de <em>Scientific American</em> celebrada en Moscú en 2011. [Aleksandr Basalayev, cortesía de <em>V Mire Nauki</em>, edición rusa de <em>Scientific American</em>]

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    • VV. AA.

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