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1 de Diciembre de 2017
Política científica

El auge científico de China

Ante la oportunidad de liderar, China despliega energía limpia, satélites cuánticos y proyectos de genómica.

ISTOCKPHOTO/7POSTMAN

El pasado junio, cuando el presidente de EE.UU., Donald Trump, anunció su retirada del acuerdo climático de París, todas las miradas se posaron angustiosamente en China. En ausencia de la nación que históricamente ha sido el mayor contaminador del planeta, a los expertos les preocupaba que el presidente Xi Jinping contemplara una forma de eludir el compromiso de su país en lo referente a la reducción de las emisiones de carbono. Por el contrario, Xi, antes dedicado a la química, reiteró firmemente el compromiso de invertir en energía renovable y alcanzar sus objetivos respecto a las emisiones. De hecho, China ya ha superado con creces algunas de sus metas.

La innovación en células fotovoltaicas y reactores nucleares de nueva generación constituye solo una parte de la enorme inversión del país en investigación científica. Si se tiene en cuenta que el desarrollo tecnológico supone cada vez más el motor del crecimiento económico y el fortalecimiento de una nación, el apoyo a la investigación básica y la ciencia aplicada representa su combustible. Durante buena parte del siglo pasado, EE.UU. mantuvo el dominio en ese ámbito. Pero, a medida que la actual Administración trata de reforzar la industria del carbón, recorta los presupuestos en investigación, cuestiona el valor de la Agencia de Protección Medioambiental y menosprecia la toma de decisiones basada en hechos empíricos —y con ello cede de forma voluntaria el liderazgo científico a escala mundial—, China se apresura a ocupar su lugar, con unas implicaciones potencialmente profundas para el mundo.

«El desarrollo de la tecnología china beneficiará a todos», afirma Robert Daly, director del Instituto Kissinger sobre China y EE.UU. en el Centro Internacional Woodrow Wilson para Investigadores en Washington D.C. «Pero conforme el país aumente su extenso poder, tendrá mayor capacidad de modelar un ambiente global que se preste más a los objetivos del Partido Comunista chino y a sus ideas retrógradas sobre el modo en que los individuos, las instituciones y la información se relacionan con el Estado.» Ello incluye espinosas cuestiones sobre regulación y propiedad intelectual, mucho más laxas allí que en Occidente.

En ese aspecto, la piedra angular del auge de China es su decimotercero Plan Quinquenal, que cuenta con la investigación científica y la tecnología como los motores clave del crecimiento económico. El resultado son 1,2 billones de dólares dedicados a I+D entre 2016 y 2020, de los que 373.000 millones se prevén adjudicar únicamente a energías renovables. Además, la iniciativa decenal Made in China 2025 financia los avances en campos como la inteligencia artificial, la computación en la nube, la robótica, la biotecnología y los vehículos eléctricos.

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