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  • Diciembre 2017Nº 495

Vida extraterrestre

El fin de la mediocridad copernicana

El significado cósmico de nuestra especie a la luz de la astrofísica moderna.

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La noción de que la Tierra no ocupa el centro del cosmos es una conclusión que debemos al modelo de universo concebido en el siglo XVI por Nicolás Copérnico. Por esa razón, la inferencia de que somos cósmicamente ordinarios recibe en ocasiones el nombre de «principio de mediocridad copernicana». Carl Sagan, el célebre astrofísico y divulgador, lo expresó con las siguientes palabras: «Vivimos en un insignificante planeta de una triste estrella perdida en una galaxia encajada en una esquina olvidada del universo».

Al igual que Copérnico, la ciencia moderna ha revolucionado nuestra comprensión del cosmos y, por regla general, sus descubrimientos se han empleado para reafirmar la mediocridad copernicana. Los éxitos de numerosas disciplinas, desde la cosmología hasta la genómica, han infundido en muchos científicos la arrogancia suficiente para alardear de nuestra nimiedad. «Somos tan insignificantes que no puedo creer que todo el universo exista en nuestro beneficio», ha asegurado Stephen Hawking. Esta creencia no es rara y, a menudo, deriva de una cosmovisión que ya presupone tal intrascendencia. Una consecuencia adicional, ya evidente en la teoría de la selección natural de Darwin, es que la humanidad constituye un producto de la evolución carente de propósito.

Sin embargo, deberíamos ser cautos ante tales suposiciones, especialmente en un contexto en el que la ciencia del siglo XXI, desde la física hasta la biología, está expandiendo nuestra comprensión del mundo. La noción de mediocridad podría resultar tan falaz como la antigua idea de superioridad. Incluso el paradigma histórico según el cual Copérnico sacó a la Tierra de su pedestal es engañoso. Como ha señalado el historiador Dennis R. Danielson, de la Universidad de la Columbia Británica, Copérnico y sus coetáneos no creían que el modelo heliocéntrico condenase a la humanidad a la insignificancia. Al contrario: la prevalencia de los puntos de vista griegos y cristianos de la época mantenía que la Tierra se situaba, en palabras del filósofo italiano del siglo XV Giovanni Pico, «en las partes excrementarias y sucias del mundo inferior», donde residían los seres imperfectos y mortales. Al situar el Sol en el centro, Copérnico elevó a la humanidad hacia un lugar más cercano a los cielos. Solo en la era posnewtoniana pasó el centro a ser visto como un lugar preeminente, con lo que el sistema heliocéntrico parecía degradar la Tierra a la mediocridad.

No obstante, dos avances extraordinarios y recientes en astronomía (el descubrimiento de planetas en torno a otras estrellas y el desarrollo de la cosmología inflacionaria) sugieren que, después de todo, puede que no seamos tan ordinarios. Tal vez haya llegado el momento de reexaminar nuestra supuesta mediocridad y, si en verdad fuésemos especiales en algún sentido, considerar los desafíos éticos que ello implica a la hora de preservar nuestro planeta.

Planeta fértil, universo hostil

Hicieron falta unos 4000 millones años para que la vida inteligente emergiese en la Tierra. No conocemos todas las condiciones que favorecieron que la inteligencia prosperase, pero sí sabemos que nuestro planeta es único en el sistema solar, por lo que no deberíamos dar por garantizado su hospitalario entorno. Con todo, el cosmos es extraordinariamente vasto y alberga una enorme diversidad de mundos, cuyas propiedades y capacidad para engendrar vida ya hemos comenzado a estudiar. Si realmente somos ordinarios, la vida inteligente tendría que haber surgido con relativa frecuencia en otros mundos. Pero, tal y como señalara en 1950 el físico italiano Enrico Fermi, si las civilizaciones extraterrestres son tan comunes en el universo, ¿dónde están?

En esta reflexión solo cabe considerar la vida dotada de pensamiento consciente, independiente y con facultad para comunicarse a través de las estrellas. Si toda la vida alienígena se reduce a bacterias, queda fuera de toda duda que no somos mediocres en absoluto. El descubrimiento de formas de vida primitivas en otras partes del universo nos ayudaría a reconstruir la evolución de la inteligencia en la Tierra. Pero, a menos que una especie pueda comunicarse con nosotros, seguiremos siendo únicos y estando solos, sin nadie a quien enseñar o de quien aprender, nadie que pueda ayudarnos a resolver nuestros problemas o —en las fantásticas extrapolaciones del cine— nadie contra quien luchar.

Para estimar el número de posibles civilizaciones extraterrestres, los científicos han tratado de identificar los distintos pasos responsables de que la vida emerja, evolucione y madure hasta la inteligencia; después, han asignado a cada uno de ellos una probabilidad. Este cálculo queda resumido en la célebre ecuación de Drake, así llamada en honor al astrónomo estadounidense Frank Drake. Dicha ecuación se emplea para evaluar, a partir de diferentes supuestos, el número de posibles civilizaciones en la Vía Láctea con las que algún día podríamos quizá contactar.

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