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1 de Diciembre de 2017
Neurociencia

El placer después de comer

El cerebro segrega sustancias reconfortantes al acabar la comida, aunque esta no haya sido apetitosa.

GETTY IMAGES

Cuando padecemos una experiencia dolorosa, nuestro cerebro segrega analgésicos naturales cuya composición química es similar a la de potentes fármacos, como la morfina. Ahora, las investigaciones apuntan a que esos opioides endógenos cumplen otro cometido: regular el equilibrio energético del cuerpo.

Lauri Nummenmaa, especialista en neuroimagen de la Universidad de Turku, y sus colaboradores midieron la secreción de opioides endógenos en el cerebro de diez varones sanos. Se les inyectó una sustancia radiactiva que se une a los receptores de los opioides, lo cual permite visualizar la tomografía de emisión de positrones mediante la actividad de dichos receptores.

El estudio descubrió indicios de analgésicos naturales en el cerebro de los participantes después de que comieran una apetitosa porción de pizza. De modo sorprendente, su cerebro liberó incluso más opioides endógenos después de ingerir un alimento líquido mucho menos tentador pero con un contenido nutricional similar, que Nummenmaa calificó como «mejunje nutritivo». Si bien los voluntarios valoraron la pizza como más sabrosa, la liberación de los opioides no pareció depender del goce de la comida, como describieron a inicios de este año en Journal of Neuroscience.

«Esperaríamos justo el resultado contrario», confiesa Paul Burghardt, investigador de la Universidad Estatal de Wayne, que no participó en el trabajo. Al fin y al cabo, estudios precedentes en animales y en humanos llevaron a pensar que los opioides endógenos ayudan a transmitir el placer de comer.

Nummenmaa también confiesa haber quedado perplejo. Investigaciones previas de su grupo habían descubierto que el cerebro de las personas obesas albergaba menos receptores de opioides, pero los niveles de estos se recuperaban si adelgazaban. «Quizá cuando la gente come en exceso los opioides endógenos liberados por el cerebro bombardean sin cesar los receptores y, como consecuencia, su número se reduce», opina.

El motivo por el que la cantidad de opioides que inundó el cerebro fue mayor después de ingerir el mejunje que la pizza sigue siendo una incógnita, pero los autores especulan con que la digestión más rápida del alimento líquido podría haber generado mayor cantidad de ellos en el momento de la exploración, a los 15 minutos de comer.

Los nuevos resultados podrían indicar que los opioides desempeñan funciones más amplias en el metabolismo energético de lo que se pensaba hasta el momento. Cabe la posibilidad de que el sistema opioide se desencadene por la satisfacción del estómago lleno y de haber repuesto energías, aclara Nummenmaa.

«Si uno da un paso atrás y se fija en las condiciones que activan la liberación de los opioides (dolor, comer, placer), todas ellas están vinculadas con la homeostasis», o el mantenimiento del equilibrio energético del cuerpo, reflexiona. «Lo más interesante es que el acto de comer activó el sistema sin que hubiera placer sensorial en ello.»

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