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  • Diciembre 2017Nº 495

Sistema solar

Cassini en Saturno

Una histórica exploración del planeta anillado, sin precedentes en cuanto a magnitud y espectacularidad, ha llegado a su fin.

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Cuando Saturno esté alto en el cielo y la noche esté despejada, eche un vistazo con un telescopio de aficionado. Cuando haya disfrutado de su sobrecogedora belleza, busque en Internet las imágenes que la sonda Cassini, de la NASA, ha estado enviando a lo largo de los últimos 13 años. Es probable que se quede sin palabras: qué lejos hemos viajado, qué competentes hemos llegado a ser en la exploración interplanetaria, qué logro tan extraordinario ha sido conocer tan a fondo un mundo tan lejano como Saturno.

En el momento en que lea estas líneas, Cassini habrá terminado ya sus viajes alrededor de Saturno. El pasado 15 de septiembre se sumergió en la atmósfera del planeta y se convirtió en una bola de fuego que nadie vio. Esa destrucción deliberada ha servido para prevenir que la nave golpeara accidentalmente y contaminase alguna de las lunas de Saturno en las que, quizá, se dan condiciones adecuadas para la vida.

Como responsable del equipo de toma de imágenes de la misión, comencé a trabajar en el proyecto Cassini a finales de 1990, cuando todavía no era más que una idea. Viví todo el proceso de planificación y construcción, observé en persona el lanzamiento de la nave el 15 de octubre de 1997 desde Cabo Cañaveral, soporté su viaje de siete años a Saturno y ocupé un asiento de primera fila cuando llegó, en 2004. Entonces, Cassini empezó a revolucionar nuestra idea de Saturno y todo lo que hay a su alrededor.

Ninguna misión ha explorado nunca un planeta tan rico como Saturno tan a fondo y durante tanto tiempo. En su luna Titán encontramos mares de hidrocarburos y un ambiente superficial que rivaliza en complejidad con el de la Tierra. Observamos la meteorología de la atmósfera de Saturno y fuimos testigos del nacimiento, evolución y desaparición de enormes tormentas. Presenciamos nuevos fenómenos en los anillos que nos proporcionaron información sobre los procesos de formación de los sistemas solares, incluido el nuestro. Como los cartógrafos de antaño, trazamos mapas de las lunas de Saturno para futuros exploradores y descubrimos algunas nuevas, incluida toda una clase de pequeños cuerpos incrustados en los propios anillos. Y el que considero el mayor descubrimiento de Cassini: más de cien géiseres en el polo sur de la luna Encélado, que brotan de un océano subterráneo que podría albergar organismos extraterrestres. Durante trece años, mi vida se ha desarrollado allí, en los confines del sistema solar. Ahora, esa provechosa expedición científica ha llegado a su fin.

Una vista desde cerca

La necesidad de un examen exhaustivo de Saturno quedó clara a principios de los años ochenta, después de que las dos sondas Voyager realizaran aproximaciones al planeta. Aquel primer acto en la historia de la exploración de Saturno confirió dimensión y personalidad al planeta, pero dejó múltiples preguntas sin respuesta. Las Voyager descubrieron que Saturno era un planeta con un interior, una atmósfera y una magnetosfera complejos. En sus anillos, un vasto y reluciente disco de escombros helados, la misión halló signos de los mismos mecanismos físicos que resultaron clave en la configuración del sistema solar primitivo y en la de los discos de material en torno a otras estrellas. El paso de las sondas a través del sistema interior de Saturno puso al descubierto diversas lunas sometidas a interesantes fuerzas dinámicas. Titán, la más grande, cuya superficie permanecía oculta bajo una bruma espesa y ubicua, ofrecía, sin embargo, indicios de un posible océano de hidrocarburos líquidos. En conjunto, el sistema de Saturno parecía un destino ideal para llevar a cabo nuevas exploraciones.

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