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  • Investigación y Ciencia
  • Diciembre 2017Nº 495

Informe especial Estado de la ciencia global 2017

Percepción pública de la ciencia

La crisis de confianza en la ciencia

La politización del conocimiento científico suscita escepticismo entre los ciudadanos. ¿Cómo se puede evitar?

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En 2010, Nature publicó un editorial donde afirmaba que se estaba observando una creciente tendencia anticientífica que podría conllevar tangibles repercusiones sociales y políticas. Seis años después, la misma revista publicó un estudio que demostraba que cerca de la mitad de los investigadores encuestados convenían en que existía un notable problema de reproducibilidad en la ciencia. Tal vez la primera cuestión tenga sentido a la luz de la segunda: si la ciencia se halla en apuros, los ajenos a ella pueden rebelarse en su contra. Con independencia de si el movimiento anticientífico refleja o no el estado de la ciencia, ambas circunstancias son el resultado de una combinación de factores, entre ellos la politización, las tendencias del razonamiento humano y un evolucionado entorno tecnológico. Por tanto, existen soluciones comunes, y algunas de ellas suponen reconocer que los dos fenómenos no han evolucionado de forma aislada.

El problema
Resultan habituales las referencias a la politización de la ciencia, pero no siempre queda claro lo que ello significa. Cualquier cuestión puede estar politizada, es decir, puede generar un conflicto a través de divisiones partidistas o puede ser debatida por una fuente política (como un funcionario elegido, un candidato o un activista). Generalmente, ese tipo de politización se da en torno a cuestiones donde interviene la ciencia (por ejemplo, la atención sanitaria, el medioambiente y la educación) o se produce en la ciencia básica en sí misma (como los modelos de cambio climático). No cabe duda de que la ciencia se manipula y se usa indebidamente para promover programas políticos.

Un factor crítico, a menudo pasado por alto, es la facilidad con que la ciencia puede politizarse debido a su inherente incertidumbre. En palabras de un experto, «la información científica siempre es, hasta cierto punto, vulnerable a la incertidumbre, puesto que los científicos se han formado para centrarse en ella». La idea básica es que la ciencia puede ponerse fácilmente en entredicho porque siempre existirá la duda y porque cuestionar el conocimiento vigente forma parte del proceso científico.

La manera en que se presenta la ciencia, tanto en el ámbito político como en el científico, depende del razonamiento humano. Un fenómeno bien descrito es el razonamiento motivado, esto es, la tendencia de un individuo a buscar información que confirme sus creencias previas, a considerar más robustas las pruebas coherentes con sus ideas y a emplear más tiempo contraargumentando y desestimando las que no se ajustan a sus opiniones, con independencia de su exactitud objetiva. El razonamiento motivado requiere que la persona posea un objetivo de procesamiento direccional o defensivo; en otras palabras, que sostenga y mantenga una conclusión deseada, congruente con su actitud actual, aun si ello implica rechazar la información que no confirma sus creencias [véase «La era de la posverdad», por Theodor Schaarschmidt; Mente y Cerebro n.o 87, 2017]. Por ejemplo, quien no crea que se está produciendo un cambio climático inducido por el hombre puede, en consecuencia, considerar deficiente cualquier prueba de un cambio climático antropogénico, con independencia de su «cualidad objetiva», lo que le permite confirmar su creencia actual.

La pieza final del rompecabezas es el transformado entorno tecnológico del siglo XXI. Hoy pueden consultarse datos de distintas fuentes al mismo tiempo. La gente espera obtener información o datos casi de forma inmediata. El cambio tecnológico es tan profundo que la naturaleza de la memoria se ha transformado debido al almacenamiento de la información y el acceso a esta, lo que acarrea notables consecuencias en el impacto público de la ciencia y en el desarrollo de la labor científica.

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