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  • Diciembre 2017Nº 495
Historia de la ciencia

Historia de la ciencia

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Los científicos e ingenieros de Franco

La historia de la ciencia y la tecnología transforman lo que sabíamos hasta ahora sobre la construcción del Estado franquista.

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En 1936, Álvaro de Ansorena, ingeniero agrónomo y director de la Estación Experimental Arrocera de Sueca, en Valencia, amplió la Estación para alojar un nuevo laboratorio de genética. En él hibridaban granos de arroz de distintas variedades con la esperanza de obtener plantas mejoradas, más resistentes o productivas. Si bien la actividad del laboratorio era científicamente modesta, en las décadas siguientes la Estación dominaría las publicaciones sobre genética y variedades de arroz en España.

Al terminar la Guerra Civil, De Ansorena insertó la Estación de Sueca en el Sindicato Nacional de Cereales: él y sus colaboradores negociaban con jefes sindicales y con agricultores los aspectos más variados de la economía arrocera, desde las técnicas de plantado hasta el modo de sortear la escasez de abonos o las semillas que debían plantarse en cada región. Los granos híbridos de arroz de Sueca estaban en la cúspide de una estructura que regulaba la producción, distribución y consumo de arroz a nivel nacional.

No conviene exagerar el poder de este ingeniero: los jefes sindicales respondían a razones políticas, los agricultores a menudo preferían sus propias técnicas y semillas a las impuestas por los expertos, y el estraperlo y la corrupción ponían sus propios límites y vías de escape al sistema. Pero tampoco puede negarse el impacto que tuvo el laboratorio en la economía política arrocera: las técnicas de hibridación adquirieron una nueva dimensión, dado que De Ansorena tenía acceso a los campos de agricultores pertenecientes al sindicato para la llamada selección genealógica, que obtenía cosechas enteras a partir de un solo grano de arroz. En 1952, coincidiendo con la liberalización de precios y el fin de los racionamientos, la variedad Colusa x Nano obtenida en Sueca representaba el 75 por ciento de la cosecha nacional, del Delta del Ebro a las nuevas plantaciones del bajo Guadalquivir. Estos paisajes estandarizados a través de las semillas ofrecen una imagen de la economía corporativa en marcha y del papel del Sindicato Vertical en la transformación del territorio y la economía española.

Aunque durante esos años se produjeron avances científicos mucho más espectaculares —pensemos en el descubrimiento de la doble hélice del ADN, en 1953—, si nuestro objetivo es entender el lugar de la investigación en la economía de un Estado moderno, iniciativas aparentemente modestas desde el punto de vista académico como la de De Ansorena adquieren una importancia renovada. Ampliar nuestras expectativas sobre lo que esperamos encontrar en una historia de la ciencia y la tecnología es políticamente revolucionario: tiene el potencial de transformar las categorías con las que comúnmente entendemos los Estados, sus territorios y sus relaciones.

¿Ciencia aplicada?

Nuestro mundo actual está atravesado por aparatos técnicos y teorías científicas. Los imperios y Estados que perecieron, aparecieron o se transformaron en el sigloxx lo hicieron en contextos productivos y geopolíticos imposibles de entender sin hacer referencia a la ciencia y la tecnología. Sin embargo, persiste la brecha entre la historia de la ciencia y las historias generalistas, políticas, económicas o diplomáticas. Con todo, si ampliamos el foco de estudio más allá de innovaciones y descubrimientos, y más allá de las universidades punteras de países ricos, tal vez podremos desentrañar el lugar de la investigación en las sociedades del presente.

En su contribución a The Routledge handbook of the political economy of science, el historiador David Edgerton pone la España de Franco como ejemplo de imbricación entre ciencia y economía política. Pero el vínculo vale para cualquier país industrializado o en vías de industrialización: el grueso de la investigación científica y tecnológica de la segunda mitad del sigloxx estuvo dirigida a proyectos de urgencia económica, social o militar. Despreciar esto como «ciencia aplicada» o políticamente dirigida sería olvidar que los complejos militar-industriales han propiciado el desarrollo de nuevos campos y hallazgos tanto o más como se han basado en la aplicación de teorías ya existentes.


La transformación de España: Autarquía y Guerra Fría

Volvamos al período franquista. Los historiadores han señalado el exilio, la represión, el inmovilismo tradicionalista, la endogamia y el aislamiento como claves del «atroz desmoche» perpetrado contra la universidad española. Aunque las universidades de 1970 estaban mucho más pobladas y diversificadas que las de los años treinta, el período de recuperación tras la guerra y la depuración política fue arduo, lento y plagado de retrocesos que aún hoy colean. Sin embargo, fuera de la universidad (si bien no siempre independientemente de ella), el desarrollo de ciertos campos de estudio fue simultáneo a la transformación económica y física de la España autárquica en un país industrializado y aliado de las potencias capitalistas.

¿Cuál fue el papel de la investigación científica en la conformación del régimen franquista y en la construcción del Estado? Esta pregunta solo se puede responder desde el pluralismo científico y político, dos premisas compartidas por muchos autores del presente y sistematizadas en el materialismo filosófico propuesto por Gustavo Bueno: la respuesta variará según la disciplina y el período o sector político del franquismo que elijamos. Tanto «el franquismo» como «la ciencia» son abstracciones que encubren realidades heterogéneas y cuyas partes están en contacto pero no en armonía. No cabe la brocha gorda. Hay que analizar al detalle casos concretos como el descrito más arriba.

Otros ejemplos arrojan resultados inesperados sobre las ideas más comunes acerca de la industrialización y el nacionalcatolicismo. Muchos han señalado que el Consejo Superior de Investigaciones Científicas recibió la influencia del Opus Dei a través de José María Albareda y otros colaboradores. Pero la metodología aquí propuesta le da la vuelta a ese planteamiento y nos lleva a preguntarnos por el papel de científicos como Albareda o arquitectos como Miguel Fisac en la consolidación y evolución del Opus Dei y de la ideología nacionalcatólica. En El concepto cristiano de la autarquía (1938), el físico, ingeniero y sacerdote jesuita J. A. Pérez del Pulgar explicaba el vínculo entre investigación y catolicismo nacional: para realizar el ideal católico de sociedad política hace falta independencia económica y, en tiempos de monopolio imperial de recursos, un país de tamaño medio como España debe volcarse en la investigación científica y tecnológica orientada a la producción y sustitución de importaciones. La conexión entre catolicismo e investigación tomó formas muy concretas en la relación física entre laboratorios e iglesias, en la arquitectura moderna y en el diseño y construcción de poblados de colonización. Como consecuencia de esta coevolución, podemos decir que la autarquía y la ideología nacionalcatólica eran científicas y tecnológicas, y no meras guías o moldes externos para las ciencias y las técnicas.

El ideario autárquico e industrializador tuvo entre sus promotores más enérgicos al ingeniero militar Juan Antonio Suanzes y al ingeniero de caminos Eduardo Torroja Miret. El contraste no podía ser mayor. El político totalitario frente al técnico mundialmente reconocido por sus obras y pensamientos acerca de la estética arquitectónica moderna. Sin embargo, fueron colaboradores muy estrechos en diversos proyectos, desde el laboratorio de Costillares en Madrid hasta la construcción de un sistema de presas en el río Noguera Ribagorzana en los Pirineos, pasando por proyectos de normalización de materiales y racionalización del trabajo que supusieron el paso del Estado corporativo al regulador y los primeros pasos de la integración tecnológica europea. Ambos lucharon contra otros ingenieros poderosos por ganar el favor de políticos e inversores y llevar a cabo sus proyectos técnico-políticos. Las élites, enmarcadas en grupos de intereses, pugnaban por decidir a qué dedicar el agua de los pantanos o qué tipo de energía favorecer. En dictadura, y también en democracia, las discusiones técnicas a menudo encierran decisiones políticas de relevancia crucial para la vida de las naciones.

Los científicos e ingenieros que construyeron el franquismo formaban parte de comunidades internacionales más amplias que, a veces, favorecían el éxito de sus proyectos domésticos y otras los convertían en diplomáticos informales. El biólogo José María Valverde y otros promovieron el Parque Nacional de Doñana frente a intereses arroceros y forestales con la ayuda de ingleses de la UNESCO y el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) de la talla de Julian Huxley. Algo tan crucial como los pactos hispanoamericanos de 1953 cobra pleno sentido atendiendo a la geoestrategia detrás de la tecnología aeronáutica y submarina, y la evolución del conflicto de Gibraltar adquiere un nuevo significado cuando se analiza desde la lucha antisubmarina y se atiende a la relevancia militar de la oceanografía física durante la Guerra Fría.

Un último ejemplo de la importancia de las ciencias para las relaciones internacionales son los famosos fosfatos del Sahara español: técnicos españoles, marroquíes, franceses y estadounidenses entraron en negociaciones intensas y secretas en las que los cálculos geológicos y económicos sobre el suculento mercado de abonos podían decidir cuestiones de soberanía.

El debate ya no puede ser si hubo o no ciencia y tecnología en el franquismo, sino hasta qué punto la historia de la ciencia y la tecnología transforman lo que sabíamos hasta ahora sobre la historia de aquel período.

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