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  • Diciembre 2017Nº 495

Conservación

Réquiem por la vaquita

Lo que la desaparición de una marsopa mexicana nos enseña acerca de la extinción en el siglo XXI.

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La noche cae sobre el extremo norte del mar de Cortés. Todo está sumido en una calma chicha. Los charranes y los pelícanos han ido a sus dormideros, y las bandadas de delfines ya no saltan sobre el agua a centenares. Los leones marinos se han dirigido a tierra firme para pernoctar. El agua, habitualmente encrespada, de color achocolatado, aparece lisa como un espejo. El ocaso es el mejor momento del día para navegar por el tercio superior del golfo de California, como se denomina también a esta masa de agua marina, aprisionada contra el desierto mexicano, cerca de la frontera con EE.UU. El sol abrasador da paso a franjas de tonos naranjas, rosáceos y encarnados que tiñen el agua con reflejos danzantes de luz crepuscular.

Ensimismado en lo que me rodea, casi olvido que me hallo a bordo de una embarcación que enarbola una bandera pirata y me pregunto si acaso seremos abordados de improviso por una partida de pescadores enojados y armados. Nick Allen, contramaestre de este barco de más de 50 metros de eslora fletado por la Sociedad de Conservación Sea Shepherd («pastor del mar»), está halando una línea de palangre ilegal de 1200 metros de largo. Hasta el momento con ella han salido un par de anguilas muertas y un tiburón martillo, una especie amenazada. Pero entonces aparece el auténtico trofeo. «¡Totoaba! ¡Allí, allí!», exclama.

El pez apresado en uno de los anzuelos, aún vivo, mide más de un metro, tiene forma de dirigible y está valorado en miles de dólares. Sin titubear, el equipo de Sea Shepherd se dispone a liberarlo. Durante los últimos cuatro meses, la veintena de tripulantes han estado sacando redes esparcidas por las aguas del extremo norte del golfo. Desde que iniciaron la labor, han recogido más de un centenar de aparejos abandonados y docenas de totoabas muertas, junto con leones marinos y otra fauna protegida. Casi cada noche su radar detecta pescadores que calan nuevas redes desde esquifes que dejan atrás con facilidad a los botes de las autoridades locales. Durante el día, la tripulación pone en vuelo drones que vigilan a los pescadores ilegales para descubrir los lugares donde calan sus redes, casi ante las mismas narices de las autoridades, como si se tratara de otra jornada más en la mar.

Pero, en realidad, a los ambientalistas no les interesan las totoabas. Están aquí por una marsopa diminuta cuya extinción es prácticamente inevitable. A menudo denominada marsopa del golfo [de California], los lugareños la llaman vaquita. Con demasiada frecuencia queda enmarañada en las redes caladas para pescar las totoabas y muere. «¡Ahí va, ahí va!», grita alguien cuando el gran róbalo se contornea con fuerza y desaparece en el turbio mar en cuanto cortan el anzuelo. «Esa estaba bien sana.»

Los tripulantes de Sea Shepherd no suelen ser bienvenidos en los conflictos de pesca. Famosos por su acoso a los balleneros japoneses en aguas del Ártico, son el último recurso entre los activistas. Odiados por las comunidades de pescadores de todo el mundo, su llegada suele significar que todos los esfuerzos diplomáticos en lo que a conservación se refiere han fracasado. En ningún otro lugar esto es tan cierto como en el extremo norte del golfo de California.

El mar de Cortés es uno los ecosistemas más excepcionales del planeta. En sus aguas moran casi un millar de especies de peces, de las que un 10 por ciento no existen en ningún otro lugar. La mitad de las capturas comerciales de México procede de él. Pero los ambientalistas y los pescadores de sus costas andan enfrentados desde hace mucho tiempo. Durante los últimos treinta años han mantenido encontronazos en una espiral de reproches mutuos, corrupción y violencia esporádica en torno a la vaquita. Justo el día antes, en un intento por frenar la actividad ilegal, las autoridades federales anunciaron la prórroga de la veda durante otro año, una medida que lanzó a la calle a los pescadores de un pueblo situado unos kilómetros al este, Golfo de Santa Clara, que exaltados acabaron por prender fuego a diez camiones y varias embarcaciones del Gobierno, además de agredir a los funcionarios de pesca.

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