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Marvin L. Minsky: el genio de la inteligencia artificial

Entrevista y esbozo biográfico.

Minsky posa con un componente de una "máquina que apren­de" median te redes neuronales que cons truyó con un compañero en 1951.

Puede que las ideas de Marvin Minsky sobre la mente arrojen luces perdurables o puede que no, pero de lo que no cabe duda es que reflejan la suya propia. No es la mente, en su opinión, una entidad unitaria, sino una "sociedad" de elementos que se complementan y compiten entre sí. Minsky recela de la unicidad como de la tendencia del común de los mortales a explotar algo que nos ha llevado tiempo aprender. Para contrarrestar esta amenaza, que llama el principio de la inversión, Minsky se ha entrenado para "disfrutar de las situaciones incómodas" que se dan al enfrentarse a problemas completamente nuevos. "Es tan emocionante no ser capaz de hacer algo", confiesa.

Este credo le ha sido útil en su tarea de padre fundador de la inteligencia artificial (IA), disciplina que parte de la premisa según la cual el cerebro es una máquina, muy complicada sin duda, que algún día se verá superada por el ordenador. En la búsqueda de los fines de la IA, Minsky (que ha cumplido 66 años) ha recurrido a la informática, la robótica, la matemática, la neurología, la psicología, la filosofía e incluso a la ciencia ficción.

Pero los mismos rasgos que propiciaron el triunfo de Minsky en la aventura de la IA han provocado que quedara cada vez más apartado de ella conforme va madurando. De hecho, antes de mi entrevista, otros expertos me advirtieron de su posible chifladura y aconsejaron fuera con tiento de no sacar a colación las horas bajas por las que atraviesa la IA o su merma de influencia en la materia. Cierto teórico me pone en guardia sobre su tendencia a exagerar. "Pregúntele tres veces si realmente quiere decir eso, y si no le responde que sí las tres veces, no haga uso de ello."

Cuesta llevar una conversación fluida en su despacho del Laboratorio de Inteligencia Artificial. Se agita sin cesar, pestañea, mueve los pies y no para de arrastrar los objetos de la mesa. Diríase que extrae ideas y ejemplos de la chatarra, no de la memoria. Con frecuencia, aunque no siempre, parece incisivo. "Ya estoy divagando", dice, mohíno, cuando una incursión en el concepto de verificación en la IA acaba en un montón de frases sentenciosas. Hasta su físico tiene un aire de improvisación. La cabeza, grande y redonda, se cubre de un cabello transparente como haces de fibras ópticas. Se ciñe con un cinturón remachado que sostiene, además de los pantalones, la barriga y un estuche del que penden unos alicates de pinzas retráctiles. Parece un Buda de alta tecnología.

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