Observatorio Compton de rayos gamma

El flujo constante de datos procedentes de este observatorio espacial retrata un cosmos dinámico y, a menudo, enigmático.

El 5 de abril de 1991 el trasbordador espacial Atlantis despegó del Centro Espacial Kennedy. Llevaba consigo el Observatorio Compton de rayos gamma. Desde entonces, este satélite de 16 toneladas de peso ha venido realizando rastreos exhaustivos de los rayos gamma celestes, la radiación del extremo más energético del espectro. A esas frecuencias aparece un universo voluble y dinámico. El Compton apunta hacia algunos de los fenómenos más violentos del cosmos: explosiones catastróficas de supernovas, cuásares remotos que expulsan chorros de gas cuyo brillo deja pequeño al de galaxias enteras y ráfagas de rayos gamma cuyo origen ignoramos. Los primeros descubrimientos del Compton, impresionantes, socavan nociones muy arraigadas sobre la naturaleza de todos esos fenómenos.

Este rosario de sorpresas y hallazgos se debe a que los ojos de rayos gamma del Compton exploran territorios casi vírgenes. La astronomía clásica ha dependido exclusivamente de las observaciones en el visible, que no es sino una minúscula porción del espectro electromagnético. La luz visible tiene longitudes de onda de entre 4000 y 7000 ángstroms; la energía que transportan los fotones de esa franja es de dos a tres electronvolts. La atmósfera terrestre absorbe todas las formas de radiación más energética, de los rayos del ultravioleta lejano (por encima de 10 electronvolts) a los gamma (de 10.000 a billones de electronvoltios).

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