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El arte de editar a Leibniz

Quien tal vez fuera el último sabio universal apenas publicó nada en vida. Tres siglos después de su muerte, gran parte de la obra de Leibniz aún debe ver la luz.

BIBLIOTECA GOTTFRIED WILHELM LEIBNIZ – BIBLIOTECA DEL ESTADO DE BAJA SAJONIA – HANÓVER/SPEKTRUM DER WISSENSCHAFT

En síntesis

Gottfried Wilhelm Leibniz es considerado el último sabio universal de la historia de la humanidad. Sus contribuciones abarcaron todas las ramas del saber, desde el cálculo diferencial hasta la lógica, la teología, la filología o el derecho.

Leibniz fue también un prolífico inventor. Ideó la notación binaria que hoy emplean los ordenadores, concibió un anemómetro, planos para un submarino o los rodillos dentados escalonados para construir una calculadora mecánica.

Sin embargo, el pensador apenas publicó en vida una parte ínfima de su obra. Trescientos años después de su muerte, solo una fracción de sus miles de escritos ha visto la luz. Los investigadores esperan completar este trabajo en las próximas décadas.

«Si uno se vuelve hacia sí y compara los talentos propios con los de un Leibniz, se sentirá tentado de arrojar los libros para ir después a morir, en silencio, a algún oscuro y oculto rincón del mundo». Tales palabras dedicaba el enciclopedista Denis Diderot al historiador, teólogo y filósofo alemán Gottfried Wilhelm Leibniz. Cuando este doctor en derecho, natal de Leipzig e hijo de profesor universitario, falleció en Hanóver en 1716, su patrono, el duque de la ciudad, apenas reaccionó. Habría de ser otro francés, Bernard Le Bovier de Fontenelle, secretario vitalicio de la Academia de las Ciencias gala, quien reivindicase la obra del genio y compusiese en su honor una brillante necrológica.

No es de extrañar que, en 1758, más de cuarenta años después de la muerte de Leibniz y un año después de la de Fontenelle, Diderot sostuviese lo siguiente: «Tal vez ningún hombre haya leído, estudiado, meditado ni escrito jamás tanto como Leibniz. Resulta asombroso que Alemania, a quien este hombre ha honrado tanto como Platón, Aristóteles y Arquímedes juntos a Grecia, aún no haya recopilado todas las palabras que brotaron de su pluma». Sin duda, si en Alemania existiese un panteón como el que se alza en París con el lema «A los grandes hombres — La patria agradecida», los restos de Leibniz descansarían hoy en él. En su defecto, el homenaje se limita a depositar cada 14 de noviembre, el aniversario de su muerte, una corona de flores junto a su tumba, en la iglesia de San Juan de Hanóver.

Pero aún hoy habremos de esperar algunos decenios para ver la primera edición completa de la obra de Leibniz. ¿A qué tanta demora por parte de Alemania en rendir tributo a uno de sus mayores héroes intelectuales? ¿Acaso no han logrado lo propio los holandeses con Huygens, los daneses con Tycho Brahe, los italianos con Galileo o los franceses con Descartes?

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