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El retorno de Owen

Ocaso y renacimiento de la forma orgánica.

DISCURSO SOBRE LA NATURALEZA DE LAS EXTREMIDADES
Por Richard Owen (1848). Edición de S. Balari y G. Lorenzo. KRK, Oviedo, 2012.

El paleontólogo y anatomista británico Richard Owen (1804-1892) es una de las figuras centrales de la biología decimonónica. A lo largo de su dilatada carrera publicó más de 600 obras, fue fundador y director del Museo Británico de Historia Natural y participó activa y públicamente en muchas de las polémicas que convulsionaron la historia natural del siglo XIX. Hasta hace muy poco, Owen era fundamentalmente recordado como el gran perdedor de una de ellas: la que, tras la publicación de El origen de las especies, lo enfrentó a Charles Darwin a propósito de la teoría de la evolución por selección natural.

La lectura que de esta controversia se forjó en el marco de la Síntesis Moderna convirtió al biólogo británico en el antihéroe por excelencia de la biología predarwinista. Sin embargo, en los últimos años Owen ha pasado de ser retratado como defensor de un esencialismo incompatible con el evolucionismo a ser reivindicado como morfólogo sobresaliente y ancestro conceptual de la biología evolutiva del desarrollo (evo-devo).

La transformación experimentada en la percepción historiográfica, filosófica y biológica de Owen refleja las sacudidas teóricas experimentadas por la biología evolutiva desde la institucionalización de la Síntesis Moderna e ilustra de un modo ejemplar la relación entre la historia y el presente de la ciencia. En este contexto, la iniciativa de traducir por vez primera la obra de Owen al castellano no puede ser más que bienvenida. Sobre la naturaleza de las extremidades es un texto particularmente bien elegido, pues al tratarse de la transcripción de uno de los discursos de Owen, condensa y presenta de un modo accesible los grandes pilares de su pensamiento. Es más, esta edición no se conforma con traducir un gran clásico. Sergio Balari y Guillermo Lorenzo no solo han cuidado la calidad de la prosa oweniana, sino que, además, en tanto que biolingüistas enzarzados en los debates en torno a la evolución del lenguaje, saben de lo que hablan. En el marco de una esmerada edición, una extensa e informada introducción precede al manuscrito, estructurado por marcas de lectura, aclarado por numerosas notas y acompañado de un completo diccionario biográfico.

La obra de Owen es, ante todo, una reivindicación de la centralidad teórica de la forma orgánica en el dominio biológico, una cuestión que, después de un largo eclipse, vuelve a protagonizar la biología actual.

La autonomía de la forma. Probablemente la mayor conquista teórica de Owen consistió en establecer una clara distinción entre las dimensiones morfológica y funcional de los organismos, una dualidad que había mantenido dividida a la anatomía continental durante más de medio siglo: ¿con qué criterio habían de compararse los organismos si se aspiraba a organizar la desbordante diversidad de las especies? ¿Debían tenerse en cuenta las funciones vitales que regulaban su existencia o más bien las relaciones espaciales entre sus partes? La labor de clarificación conceptual llevada a cabo por el anatomista británico y, en particular, su distinción entre «analogía» y «homología», ilustrada por el caso ejemplar de las extremidades vertebradas, cumplió una función decisiva en el triunfo de la forma: la analogía se refiere a una semejanza superficial relacionada con el desempeño de funciones semejantes (las alas de la mariposa y el pájaro); la homología designa un tipo de identidad esencial: aquella que puede establecerse en función del número, la posición y las conexiones de los componentes de una estructura (los huesos del ala de un pájaro y la pata de un caballo), al margen de su variación en forma (contorno y tamaño de los huesos) y función (volar, correr...).

La definición oweniana de homología desempeñó una función esencial en la postulación darwinista del transformismo: ciertas partes —argumentó Darwin en el Origen— son homólogas porque proceden de un antepasado común. Si bien esta explicación de la semejanza revolucionó la morfología, que se convirtió rápidamente al evolucionismo, la Síntesis Moderna consideró que la investigación de la semejanza estaba contaminada de un esencialismo incompatible con la teoría darwinista de la evolución y la homología se redefinió en términos estrictamente filogenéticos: dos estructuras son homólogas si y solo si proceden de un mismo antepasado.

No obstante, el reciente renacimiento de la morfología ha permitido identificar un error filosófico esencial en la redefinición filogenética de la semejanza y reivindicar la definición oweniana de homología: el establecimiento de la semejanza entre las partes es una labor epistemológicamente previa a la inferencia de relaciones genealógicas entre ellas. O, de otro modo: la ascendencia común puede explicar la homología, pero no la define. De hecho, como ya señalara Owen, existen estructuras homólogas no ya entre diferentes especies, sino en un mismo organismo (las vértebras, por ejemplo), que no tiene sentido atribuir a la comunidad de descendencia.

Las causas de la forma. El interés de Owen radica en que no solo fue un morfólogo puro, sino que acabó abrazando el transformismo y defendió la necesidad de investigar las causas naturales que habrían gobernado el origen de las especies. Al igual que Darwin, Owen concibió la evolución como un proceso de divergencia creciente, pero se negó a aceptar que una fuerza externa a los propios organismos como la selección natural pudiera explicar este proceso. Al contrario, Owen atribuyó esta divergencia histórica a dos grandes fuerzas internas: una fuerza estructural, que regularía las semejanzas, y una fuerza adaptativa, que daría lugar a la diversificación de las formas.

Salvando los anacronismos, la oposición al «externalismo adaptativo» y la apuesta por un internalismo causal asociado al desarrollo han hecho que algunos autores hayan interpretado la obra de Owen como premonitoria del giro epistemológico que caracterizó el nacimiento de la evo-devo. Desde esta perspectiva, la selección ambiental de la variación fenotípica no es suficiente para explicar por qué se generan ciertas formas y no otras; solo volviendo la mirada a las constricciones del desarrollo puede explicarse por qué, por ejemplo, algunas estructuras como las extremidades vertebradas permanecen estables durante largos períodos evolutivos, mientras otros rasgos están sujetos a variaciones adaptativas que, en efecto, pueden explicarse en virtud de la selección natural.

En definitiva, tanto quienes deseen disfrutar de la prosa de una de las figuras más controvertidas y apasionantes de la biología decimonónica como quienes persigan descubrir en el pasado la inspiración para enfrentar las cuestiones que sigue interrogando la biología del presente agradecerán la lectura de Sobre la naturaleza de las extremidades.

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