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El origen de algunos de los inventos más sencillos es a veces más recordado por las disputas legales que acarrearon que por el ingenio de sus creadores. En los anales de los famosos pleitos sobre patentes, el limpiaparabrisas intermitente ocupa un lugar privilegiado. La génesis de este dispositivo, útil pero aparentemente secundario, llegó a interesar incluso a los guionistas de Hollywood en su búsqueda de historias del tipo de la de David y Goliat, que en 2008 la convirtieron en el argumento de la película Destellos de genio.

La historia gira en torno de un brillante e idiosincrásico profesor de universidad llamado Robert Kearns. Cegado casi por completo en 1953 al descorchar una botella de champán en su noche de bodas, Kearns se percató de que el monótono barrido de las escobillas del limpiaparabrisas perjudicaba su ya sufrida visión, tal y como suele contarse en la versión más extendida de los acontecimientos.

A partir de componentes electrónicos sencillos y fáciles de adquirir, Kearns ideó en 1963 unos limpiaparabrisas que limpiaban la superficie y luego se detenían. El ingeniero hizo una demostración de su invento ante la Ford, a quien acabó revelando algunos detalles sobre su funcionamiento. La compañía decidió no comprar las escobillas a una compañía de Detroit a la que Kearns había cedido sus derechos de patente y, en su lugar, se dispuso a desarrollar su propio limpiaparabrisas intermitente.

En 1976, mientras trabajaba en la Oficina Nacional de Normalización de EE.UU., Kearns desmontó un sistema comercial de escobillas limpiadoras y concluyó que la Ford había copiado su diseño. Al recobrarse de la crisis nerviosa que ello le produjo, comenzó una batalla legal que habría de prolongarse hasta los años noventa. Kearns reclutó a varios de sus hijos para que le ayudasen a preparar las demandas contra algunos de los mayores fabricantes de automóviles y, en ocasiones, llegó a actuar como su propio abogado. Al final, los tribunales dictaminaron que Ford y Chrysler habían infringido los derechos de patente de Kearns y sancionaron a las compañías a indemnizarle por un total de unos 30 millones de dólares.

Los críticos sostienen que la idea de Kearns viola un criterio esencial en toda patente: el invento no debería resultar «obvio» para alguien familiarizado con la construcción de artefactos similares. En su defensa, la Ford argumentó que el temporizador electrónico —clave de la invención de Kearns— era, cuando menos, muy evidente. Con todo, los argumentos de Kearns persuadieron a los jueces en aquellos dos casos (si bien no en otros posteriores), lo cual acabaría por convertirlo en un auténtico héroe de los pequeños inventores.

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