MEDIEVAL LIFE. ARCHAEOLOGY AND THE LIFE COURSE
Por Roberta Gilchrist. The Boydell Press, Woodbrige, 2012.

Hasta que llegó Investigación y Ciencia la arqueología permanecía confinada a los medios humanistas. En España predominaba una arqueología cultural. No había, entre los docentes, ni geólogos que explicaran la naturaleza y propiedades de los minerales de transacción comercial o los materiales empleados en la construcción, ni químicos que enseñaran el proceso de combustión, ni biólogos que indicaran los equilibrios del ecosistema, ni cuáles eran las matemáticas empleadas en el diseño del plan de una ciudad, de un templo o de un palacio. Se echaba en falta mayor atención a los temas demográficos. O a la vida diaria. De ahí el interés del libro de cabecera, que aborda el curso del hombre, la familia y la comunidad de la cuna a la tumba. Al más allá, cuando se ocupa de los ritos que daban sentido a su vida y de la preparación para la muerte y la vida ultraterrena. Y donde por Medievo se entiende un extenso lapso temporal, de 1050 a 1450, obligado por la imprecisión de la datación de las pruebas testimoniales.

El trasfondo de ese paso de los días son el cuerpo, la casa, la comunidad parroquial y el cementerio, que aportan también las fuentes materiales: osteología, indumentaria, iconografía, cerámica y otras. El concepto de trayectoria vital, convertido aquí en hilo conductor, integra el envejecimiento con la memoria ritual y cultura material. Una trayectoria que alcanza su momento álgido en la treintena, la edad perfecta en lo intelectual y lo espiritual para el hombre del Medievo. En el ecuador de los cuarenta, se iniciaba el descenso hacia la vejez, según corrobora el registro óseo. Sabemos que la experiencia del envejecimiento es social y biológica. Y suele distinguirse entre una edad cronológica, que se mide mediante unidades de calendario, una edad social, que refleja la conducta normativa que se impone culturalmente a cada grupo, y una edad fisiológica, un constructo médico que estima los niveles de capacidad o de entorpecimiento funcional.

Para el medieval, la vida es un continuum, en el hombre y la mujer, aunque con distinto estatuto según el rol social. Esa trayectoria arrancaba desde la concepción y antes (matrimonio), con prácticas materiales asociadas, y se prolongaba hasta las estrategias seguidas para mantener la memoria del difunto y su bienestar ultraterreno. Además, la doctrina del purgatorio reforzó el sentido de que la muerte no era el final de la vida, sino un estado de transición en el ciclo vital. En cierto modo, el difunto era considerado un grupo social separado o incluso un grado de edad.

Si en la Antigüedad clásica grecorromana la esfera social de las mujeres crecía con la edad y su poder sobre los suyos y el hogar aumentaba hasta dominar tres generaciones, las excavaciones en los cementerios anglosajones y merovingios nos revelan que las mujeres ancianas eran enterradas con muy pocos objetos en la tumba, una tendencia que se interpreta como una señal de pérdida de poder y autoridad, coincidente con la menopausia. La fertilidad reproductiva definía, pues, el valor social de las mujeres en los inicios del período medieval. En otro orden, el estudio osteológico de restos humanos procedentes de las parroquias de Wharram Percy y de Burton-upon-Humber aporta pruebas de que una nutrición deficiente prolongó el período de desarrollo juvenil.

Las tumbas de los niños, que no suelen estar bien representadas en los cementerios vikingos, incrementan su número con la conversión al cristianismo. El cementerio de Fjälkinge corresponde a ese período de conversión y destaca, por ese fenómeno, la elevada proporción de tumbas infantiles: de 127 individuos enterrados, 78 eran niños menores de 12 años y 65 de estos, infantes de menos de un año de edad. Una treintena de los niños que murieron con menos de dos años fueron sepultados con una sencilla vasija cerámica, situada en la cabeza o a los pies de la tumba, donde había restos de leche animal y hortalizas. Se ha interpretado la situación de esas vasijas como referencia al rito vikingo de la primera alimentación que incorporaba al recién nacido al hogar y a la línea familiar. El cementerio de Fjälkinge reúne numerosos rasgos del contexto cristiano medieval; con el tratamiento funerario especial de los niños menores de dos años, al recién nacido se le bautiza, incorporándolo así a la comunidad parroquial.

La indumentaria y el acicalamiento eran esenciales para el medieval. La abundancia de pelo se tomaba por madurez sexual y fertilidad; su ausencia, por abstinencia sexual o penitencia. Se prestaba particular atención a la cabeza, desde el bautismo hasta la extremaunción. Ojos y boca constituían las puertas entre el cuerpo y el alma; creíase que en el beso se mezclaban los espíritus de dos personas. Para identificar una persona, el medieval reparaba también en joyas, cinturones, pulseras, pendientes, colgantes, camafeos, etcétera. Sin olvidar los gestos, la postura, el movimiento y las formas de comportarse entre las cualidades de una persona. Por su parte, el estudio arqueológico de la religión medieval ha extendido nuestro conocimiento y revisión de las categorías tradicionales de lo sagrado y lo profano. La arqueología de la devoción doméstica revela el nexo estrecho entre acción ritual e incorporación, por ejemplo en el uso de amuletos y materiales ocultos con los que se pretendía proteger el cuerpo en momentos críticos de la trayectoria vital, como el nacimiento. Aspectos de la vida diaria en el hogar medieval se ritualizaban, como el recitado, antes de la comida, de la oración del De profundis, en memoria de los difuntos.

Las ideas médicas sobre salud, edad y género giraban en torno al concepto de cuerpo humano como microcosmos, en equilibrio con el macrocosmos del mundo natural creado. La medicina se fundaba en la teoría humoral, según la cual el cuerpo humano constaba de cuatro elementos básicos, componentes también del universo: fuego, agua, tierra y aire. El fuego, caliente y seco, producía la bilis amarilla y la complexión colérica; el agua, fría y húmeda, generaba la flema y la disposición flemática; la tierra, fría y seca, producía la bilis negra y nos llevaba a la complexión melancólica; el aire, caliente y húmedo, creaba la sangre y el temperamento sanguíneo. Para la buena salud se requería el equilibrio humoral. Se creía que esas sustancias fluctuaban en el cuerpo según la edad y el sexo.

El microcosmos de la vida humana se consideraba en correspondencia con las medidas temporales del sistema cosmológico. Lo representaban cabalmente las cuatro estaciones: la infancia equivalía a la primavera, la juventud al verano, la madurez al otoño y la vejez al invierno. Cada una de esas edades estaba bajo el influjo de un planeta, al que se le concedía determinadas propiedades. Persistía ese marco con la división de las edades adelantada por Isidoro de Sevilla (siglo VII): infantia (0-7 años), pueritia (7-14 años), adolescentia (14-21 años), iuventus (21-49 años) gravitas (50-72 años) y senectus (desde los 72 años en adelante).

El medieval se desenvolvía entre distintas escalas temporales. Había un tiempo cósmico y natural, un tiempo cultural y social, un tiempo institucional o calendárico. Al considerar la medida del tiempo en relación con la trayectoria vital del individuo, cabe reflexionar sobre tres modos diferentes: tiempo diario, tiempo religioso y tiempo generacional. El tiempo diario se enraíza en la repetición de las rutinas diarias, experimentadas a través del cuerpo y en el contexto espacial del hogar. El tiempo religioso desempeñaba un papel clave en la vinculación de la vida del individuo con la escala de tiempo natural y cosmológica, por ejemplo, a través de los espacios y la cultura material de la comunidad parroquial. El tiempo ocupaba un lugar central en el control de los ciclos religiosos y confería un significado a las transiciones de un evento a otro: festividades, fastos, peregrinaciones y ritos asociados al decurso de la vida. La norma canónica medieval controlaba los alimentos que podían tomarse en determinados días de la semana o durante la Cuaresma, bodas, funerales.

La vida social se organizaba en torno a las fiestas religiosas y se estructuraba en cohortes de edades. Antes del matrimonio, los jóvenes de ambos sexos se inscribían en cofradías vinculadas a la parroquia. Una vez casados, la iglesia continuaba aportando el foco principal de vida social, en particular para las mujeres, mientras que la taberna era el refugio del marido. Sea en romería, trabajo o diversión, la vida social de la comunidad medieval se estructuraba de acuerdo con la edad y sexo. La perspectiva del decurso vital anima también la consideración de tiempo generacional, un sentido narrativo del tiempo fundado en los lazos de linaje y afectivos entre miembros de la familia u otros grupos institucionales (gremios y monasterios).

La literatura medieval aporta una dimensión complementaria a los estudios históricos. Los autores ingleses medievales mostraban un manifiesto interés en aspectos del envejecimiento y el concepto de las edades del hombre. Los escritores del siglo XIV, pensemos en Geoffrey Chaucer, William Langland y el anónimo autor de Sir Gawain and the Green Knight, adoptaron un enfoque concorde con el modelo de la vida como un curso recorrido en diferentes fases.

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