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1 de Diciembre de 2010
Evolución

Tamaño cerebral e inteligencia

Observaciones en chimpancés y delfines refuerzan la hipótesis de la existencia de una inteligencia parecida a la humana en otras especies.

ANUP SHAH/NATURE PICTURE LIBRARY

En síntesis

Primates y cetáceos están dotados de un gran tamaño cerebral, asociado a un elevado cociente de encefalización, y de una inteligencia parecida
a la humana.

Los datos demuestran que esa inteligencia responde a una evolución convergente de esas especies respecto a ese rasgo. La capacidad cerebral les ha otorgado habilidades de comunicación y sociales complejas, una adaptación evolutiva que ha favorecido en ellas la supervivencia y la reproducción.

Numerosas pruebas indican que simios y delfines poseen capacidad de lenguaje, y además se reconocen a sí mismos como individuos.

Cuando amanece en el Parque Nacional de Gombe, en Tanzania, el sol tarda algún tiempo en despuntar sobre la cordillera situada al este y alcanzar con sus rayos cálidos el bosque que hay debajo. Allí, una cuadrilla de chimpancés se va despertando. Uno tras otro, se desperezan, observan el cielo matutino y poco a poco vuelven a la actividad. Cada uno se halla sentado en la rama que sostiene su nido y orina en silencio sobre el suelo, situado varios metros más abajo. En cada árbol hay uno o dos nidos; un árbol altísimo del género Chrysophyllum alberga varios de ellos. En pocos minutos, la silenciosa banda desciende para sentarse sobre la colina, como si de grandes piedras se tratara.

Después, como si obedeciera a una señal, uno de los machos más viejos se levanta y empieza a andar. Sale del área de descanso y se dirige hacia el norte. Varios machos lo siguen, pero dos orientan sus pasos hacia un lago situado al oeste. Una madre y su hijo se encaminan hacia el sur, solos. Un par de machos jóvenes permanecen en el lugar; más tarde se dirigirán hacia el este subiendo por las abruptas colinas. Los 26 chimpancés que anidaban juntos al alba se han dividido ahora en al menos cinco grupos, de uno a ocho individuos cada uno, a punto de iniciar un día lleno de decisiones y encuentros sociales complicados.

Al otro lado del mundo, el alba empieza a iluminar la costa de la península del Yucatán, en México. Con la precisión de un reloj, un grupo de delfines pasa en este momento frente al destartalado muelle de pescadores. Gordo, un macho regordete de delfín mular con una muesca profunda y clara en su aleta dorsal, aparece el primero en la niebla matutina. Se abre camino lentamente hacia el oeste a lo largo de la costa; el resto del grupo le sigue a unos 100 metros de distancia. Al brillar el sol, van desfilando ante el embarcadero un cuerpo gris oscuro tras otro, hasta un total de 14 delfines: una hembra con su cría y otros 12. Unos veinte metros más allá del muelle, se reúnen junto a un colorido conjunto de barcas atracadas. Algunos bucean, otros se arremolinan en la superficie.

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