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Ciencia y sentido común, ¿adversarios o aliados?

La investigación científica requiere tanto rigor metodológico como sentido común.

Giambattista Vico (1668-1744), filósofo que defendió una concepción amplia de la racionalidad basada en el sentido común, como alternativa y resistencia ante un racionalismo obsesionado por la certeza y el método. Retrato de Francesco Solimena. [Wikimedia Commons/Dominio público]

La concepción moderna de la racionalidad tiene como principal característica la aspiración a un lenguaje preciso y universal, y el recurso a un método demostrativo que supuestamente garantiza la certeza del conocimiento. Esta idea, propuesta principalmente por Descartes, se consolidó como la versión predominante de la racionalidad a partir de la segunda mitad del siglo XVII y aún en nuestros días goza de una amplia aceptación. La mejor realización de la misma se encontraría precisamente en el conocimiento científico, empezando por las matemáticas y la física, y extendiéndose después hasta la ciencia política —según proponía Hobbes— y las ciencias sociales —según Comte, Spencer, Marx, Durkheim o Stuart Mill.

La asociación, e incluso identificación, de la ciencia con esta idea de racionalidad tuvo entre sus consecuencias el desprecio y abandono de otras concepciones, como la retórica y la dialéctica, que se habían desarrollado desde la Antigüedad hasta el Renacimiento. Estas se alimentan y fundan en el impreciso lenguaje específico de cada comunidad, que condensa una experiencia histórica particular, así como en formas de interpretar y juzgar propias de comunidades, que expresan solo consensos locales. En una palabra, la retórica, la dialéctica y las formas de interpretación y argumentación de la gente «común y corriente» se fundan en el sensus communis o sentido común de cada pueblo o nación.

La oposición entre sentido común y conocimiento científico se manifiesta ya con claridad en la obra de Cervantes. Tanto Sancho como Don Quijote argumentan con dichos y refranes, que son máximas populares del sentido común. Frente a ellos, el bachiller Sansón Carrasco representa la argumentación racional, estricta y demostrativa. El genio de Cervantes podía ver ya desde principios del siglo XVI la marcha ascendente de una nueva forma de racionalidad extraña y universal, como la que impuso Carrasco a Don Quijote, tras su derrota en las playas de Barcelona. Todos sabemos el desenlace: ante una vida así de racional, mejor morir. Y mientras Don Quijote muere en la novela de Cervantes, la racionalidad universal se consolida en la filosofía y las ciencias modernas en detrimento del humanismo renacentista que celebraba la pluralidad de saberes y formas de racionalidad, incluida la propia del sensus communis.

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