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Creación de una polimeroteca

Una colección metódica de polímeros permite ahondar en las propiedades y aplicaciones de estos materiales, extraordinariamente diversos y versátiles.

MARC BOADA

La nuestra es una especie muy industriosa, tanto, que la naturaleza se nos queda corta —al menos en lo que a materiales técnicos se refiere—. A los diversos productos naturales que beneficiamos sin más, como rocas o maderas, debemos sumar los productos artificiales que obtenemos de su transformación, como el cemento o el papel. Pero eso no es aún suficiente para surtir de recursos a una civilización desarrollada o para facilitar que un grupo humano se desarrolle hasta un grado de civilización como el nuestro. Por suerte, siglos de investigación química han llevado las propiedades de la materia a cotas antaño inimaginables. Hoy vivimos rodeados de materiales inexistentes en la naturaleza, fabricados en condiciones de laboratorio, diseñados para funciones específicas y con propiedades concretas. Nos referimos, como el avispado lector ya intuye, a los materiales sintéticos.

Materiales de síntesis hay muchos. Dedicaremos esta sección a un grupo de importancia capital: el de los plásticos, que, pese a su aparente modestia, han permitido una democratización impensable de los bienes de consumo. Su irrupción masiva en el mercado, solo un par de generaciones atrás, fue revolucionaria. Preguntemos a nuestros mayores cómo se sintieron al estrenar su primer objeto de plexiglás, material de rabiosa actualidad a partir de 1930 junto con el PVC y el poliestireno. La baquelita, aparecida antes, en 1907, ya había preparado el mercado para novedosos y sorprendentes productos. Rememoremos el aspecto de los vetustos teléfonos de aquella época, con una sólida carcasa de un material negro, tenaz y brillante, y un auricular muy pesado hecho con esa misma sustancia, incombustible y dura.

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