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1 de Noviembre de 2014
Evolución humana

La receta humana de la crianza

No existe una única forma de alimentar y proporcionar cuidados a nuestros retoños. En la peculiar crianza humana hallamos rasgos procedentes de nuestra ascendencia primate y otros que ha ido incorporando nuestro linaje evolutivo, entre ellos la cooperación.

Las raíces de nuestra peculiar forma de crianza pueden entenderse, en parte, al estudiar el comportamiento de algunos grupos actuales de cazadores-recolectores, como las tribus de bosquimanos. Las madres acarrean de forma constante a sus hijos hasta casi los tres o cuatro años, lo que facilita la lactancia a demanda. [MONTSE GARCÍA MÁRQUEZ]

En síntesis

La crianza humana, caracterizada por la enorme inversión de tiempo y esfuerzo que destinamos a nuestra descendencia, resulta singular entre los primates.

Las limitaciones ecológicas, energéticas y fisiológicas que hemos hallado a lo largo de nuestra evolución han configurado nuestro modelo actual de crianza.

Un rasgo que nos distingue de nuestros parientes primates más próximos es la colaboración de otros miembros del grupo en la atención de los hijos. A pesar de la dificultad que entraña el estudio de la crianza en el pasado, se han propuesto varias explicaciones sobre el origen y evolución de esta peculiar conducta en nuestra especie.

Todos aceptamos que la madre es la principal cuidadora de sus retoños, al menos en los primeros meses de vida. Ello es probablemente fruto del cóctel de hormonas femeninas (estrógeno, progesterona y prolactina) que hace a las progenitoras instintivamente madres.

Pero si pensamos por un momento en aquel remoto tiempo en el que fuimos niños, tal vez recordaremos también estar entre los brazos de nuestro padre, hermanos, abuelas, tías... No es casualidad que nos hayan criado así. Forma parte de nuestra identidad humana, en la que se incluyen los elementos esenciales de un primate.

Los humanos hemos evolucionado como criadores cooperativos en situaciones en las que las madres confiaron la atención a otros individuos de su grupo para asegurar el aprovisionamiento de recursos alimentarios, sociales y emocionales a su prole. Hablar de crianza cooperativa es referirse a los cuidados compartidos que ofrecen otros cuidadores, además de la madre. Este concepto ha generado una extensa bibliografía desde diferentes disciplinas y, en ocasiones, ha llevado a debates que todavía no se han resuelto, en especial, por lo que se refiere a la definición de la crianza aloparental en los humanos y a los miembros del grupo que participan en ella. Cuando una madre decide delegar el cuidado de la cría en otros, aparte del padre, las razones de parentesco son el argumento de más peso, aunque también pueden ayudar otros cuidadores que no son parientes.

Los modelos para entender la crianza en nuestra historia evolutiva vienen de la mano de la biología evolutiva del desarrollo (evo-devo) y de la ecología humana. Estas disciplinas, junto al reciente conocimiento de la sociobiología de los primates y la ecología del comportamiento de los grupos actuales de cazadores-recolectores, nos ofrecen el contexto explicativo de algunas de las peculiaridades de un primate como nosotros. A pesar de los distintos enfoques, la cuestión más interesante es cómo los factores biológicos y los psicosociales y culturales influyen en la crianza, un comportamiento sobre el que habitualmente no reflexionamos y sobre el que siempre pensamos que fue tal y como lo conocemos hoy.

A lo largo de muchos millones de años de evolución, nuestro linaje ha ido modelando un particular estilo de crianza que nos ha garantizado el futuro como especie. En el presente artículo, realizamos un viaje evolutivo para buscar las pistas del origen de la crianza humana. Iniciamos el recorrido analizando el vínculo ancestral de esa conducta en otros primates, pasando por el estudio de los grupos de cazadores-recolectores y de nuestros antepasados del Pleistoceno hasta llegar a nuestras sociedades del siglo XXI.

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