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  • Investigación y Ciencia
  • Noviembre 2014Nº 458

Evolución humana

Raíces del espíritu cooperativo

La predisposición singular de nuestra especie a cooperar en sociedades de gran tamaño tiene un origen evolutivo remoto.

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El debate sobre el modo en que la humanidad ha logrado erigirse en la forma de vida dominante, con una población creciente que ya supera los siete mil millones de personas, ha girado siempre en torno a la competencia. Según se dice, nuestros ancestros fueron ocupando tierras y exterminaron otras especies, entre ellas a nuestros hermanos los neandertales, y cazaron los grandes depredadores hasta la extinción. Hemos conquistado la naturaleza a sangre y fuego.

Pero resulta improbable que tal idea se ajuste a la realidad. Nuestros antecesores eran demasiado pequeños y vulnerables para dominar la sabana. Vivieron bajo la amenaza constante de las jaurías de hienas, de una decena de grandes felinos y de otras bestias peligrosas. Quizá debamos nuestro éxito como especie más a la aptitud para cooperar que a la inclinación a la violencia.

Nuestra actitud cooperativa tiene profundas raíces evolutivas en el reino animal, pero solo la especie humana se organiza en grupos de individuos capaces de lograr hazañas colosales. Solo ella posee la compleja moralidad para poner de relieve las responsabilidades de los demás y hacerlas cumplir a través de la reputación o del castigo. Y, en ocasiones, llevamos a cabo proezas increíbles que desbaratan la idea de que solo actuamos motivados por el interés propio.

Veamos un suceso que tuvo lugar el año pasado en una estación de metro de Washington D.C. La silla de ruedas eléctrica de un pasajero se averió, con tan mala suerte que este acabó tendido sobre los raíles. En segundos, varios testigos saltaron a la vía y lo rescataron antes de la llegada del tren. Un rescate aún más arriesgado tuvo lugar en 2007 en el suburbano de Nueva York cuando Wesley Autrey, un obrero de la construcción de 50 años, salvó la vida a un hombre que cayó a la vía en el momento en que entraba el convoy en la estación. Sin tiempo material para sacarle, Autrey se lanzó a la vía y permaneció sobre el accidentado mientras cinco vagones rodaban por encima de sus cabezas. Luego restó importancia al acto heroico.

Sin duda lo había sido. Pero ¿qué le impulsó a poner en riesgo su vida para salvar a un desconocido en el metro? Para responder a esta pregunta y saber cómo acabamos cooperando de otras maneras, debemos dirigir la mirada hacia nuestros primos evolutivos en busca de conductas similares, en especial a nuestros parientes vivos más próximos: el chimpancé y el bonobo.

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