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FALSOS NEGATIVOS
En «Máquinas pensantes» [por María Cerezo; Investigación y Ciencia, septiembre de 2014] se efectúa un acertado análisis sobre las implicaciones del test de Turing, aunque solo desde una perspectiva de falsos positivos. En mi opinión, el principal argumento contra el test de Turing debería partir de la certeza de que conduciría, de manera inevitable, a un elevado número de falsos negativos.

Al basarse en la capacidad para mantener una conversación «inteligente», el test encierra un fuerte sesgo antropocéntrico y cultural. Toda conversación, por genérica que parezca, tiene un sustrato directamente vinculado a la experiencia, el entorno y la forma de percibirlo. Requiere un contexto común entre los sujetos que dialogan, ya que, en caso contrario, estos nunca podrían entenderse.

Frente al falso positivo del ejemplo de la habitación china, cabe considerar el seguro falso negativo que obtendríamos al enfrentar en el test de Turing a un aborigen de Nueva Guinea y a estudiantes del Instituto de Tecnología de Massachusetts. No existiría el más mínimo sustrato común sobre el que conversar, lo que daría lugar a un inevitable negativo. Se trata de un sesgo similar al de los primeros tests de inteligencia efectuados en EE.UU., donde los inmigrantes obtenían sistemáticamente resultados muy bajos, o el mismo por el que los Estados coloniales afirmaban que los pueblos colonizados adolecían de una inteligencia inferior.

Si nos planteásemos usar el test de Turing para detectar inteligencia extraterrestre, aceptando que otras formas de vida podrían poseer capacidades sensoriales diferentes, desarrollarse en entornos distintos y dar lugar a culturas materiales diversas, estaríamos condenados al fracaso. Entre un humano y un ser inteligente que, en lugar de sentido de la vista, dispusiera de uno para detectar ondas eléctricas como el que tienen los tiburones, existirían diferencias de percepción tan fundamentales que prácticamente sería imposible entablar una conversación.

Javier López Parada
Zamora

 

Responde Cerezo: En su artículo «Computing machinery and intelligence», Turing concibió su test como un juego de imitación con dos interlocutores: una máquina (A) y un humano (B), así como un interrogador (C). El objetivo consistía en que A se hiciera pasar por B y consiguiese engañar a C, siendo además la misión de B ayudar a C a acertar la respuesta. (El test original contemplaba que un varón engañara al interrogador haciéndose pasar por mujer, si bien tales detalles resultan aquí irrelevantes.)

Así formulado, el test admite varias consideraciones. Primero, que está pensado para generar, precisamente, falsos positivos. Y, en realidad, a todo falso positivo va asociado un falso negativo, ya que una respuesta errónea por parte del interrogador conllevaría el juicio de que B no es humano. Estos son los falsos negativos directamente relevantes para el test de Turing, entendido como una prueba destinada a determinar si las máquinas piensan o no.

En segundo lugar, el test presupone —­en el artículo original, de manera tácita— que el humano (B) y el interrogador (C) pertenecen a la misma cultura y que la máquina intentará hacerse pasar por un miembro de ella. Si A contestara a C que no habla su idioma, C deduciría de inmediato que el humano es B. En sentido estricto, las interesantes situaciones que plantea el lector corresponden a casos en los que el test como tal no podría implementarse, más que a aquellos en los que arrojaría falsos negativos.

En la medida en que la motivación del test consiste en sustituir la pregunta de si las máquinas piensan o no por otra más tratable (¿pueden engañar a un humano en el juego de imitación?), la prueba está planteada como un criterio de inteligencia. Y la pregunta filosófica que surge en este contexto es si el test de Turing ofrece condiciones suficientes para la atribución de inteligencia, no si tales condiciones son necesarias. Esta última es la cuestión sobre la que, acertadamente, llama la atención el lector.

En su artículo, el propio Turing llegó a plantearse dicho inconveniente al señalar que, tal vez, las máquinas fuesen capaces de desarrollar tareas muy distintas de las humanas que, sin embargo, podrían también ser descritas como pensamiento. Así pues, Turing era consciente de los límites de su test y de que este podía ofrecer falsos negativos, en el sentido apuntado por el lector, para el caso mismo de las máquinas. Sin embargo, dejaba de lado esta objeción —que, por cierto, juzgaba poderosa— al indicar que bastaría con construir un aparato capaz de superar el juego de imitación para responder de manera afirmativa a la pregunta de si las máquinas pueden pensar o no.

El lector acierta, por tanto, al señalar el sesgo antropocéntrico del test de Turing. Si bien se trata de un aspecto menos discutido, varios trabajos han concluido que esta famosa prueba no garantiza la atribución de inteligencia sin más, sino de inteligencia humana orientada culturalmente.

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