El hielo antártico

Con un espesor medio de 2200 metros, empieza a reconstruirse su historia climática gracias a los análisis de sondeos profundos. Se ha cartografiado ya el substrato rocoso del continente.

La expresión «terra incognita» (territorio desconocido) que aparece a menudo en los mapas antiguos podría aplicarse hoy al casquete de hielo que cubre la Antártida y descarga cada año más de un billón (1012) de toneladas de hielo en el mar que circunda al continente. No se sabía gran cosa de los hielos polares hasta los descubrimientos logrados durante el Año Geofísico Internacional (AGI, o IGY), hace 20 años. Resultante de otro esfuerzo internacional de investigación —el Proyecto Internacional de Glaciología Antártica (PIGA, frecuentemente citado en sus siglas inglesas IAGP)— se ha creado un fondo de información acerca del núcleo de la región, el casquete de hielo del Antártico oriental. Los descubrimientos, valiosos en sí mismos por los datos que proporcionan de esta área tan poco conocida, ayudan también a determinar la contaminación global y el incremento del dióxido de carbono en la atmósfera procedente de la quema de combustibles fósiles. Me ocuparé aquí de algunos descubrimientos de este proyecto, al que he estado asociado desde sus comienzos, en 1969.

El estudio del casquete de hielo antártico comenzó con la expedición de Bellingshausen, enviada por la Rusia imperial en 1820, que confirmó la existencia de una cubierta de hielo en el continente sur. Las expediciones posteriores fueron estableciendo paulatinamente la extensión lateral del casquete de hielo, pero su altura media permaneció ignota hasta 1956, a comienzos del AGI. Sólo se había obtenido el cálculo de la elevación media en 1911, gracias al geógrafo alemán Wilhelm Meinardus, quien analizó los cambios estacionales de la presión barométrica y razonó agudamente que debíanse al movimiento de idas y venidas sobre el borde del casquete polar. Sus cálculos dieron un valor medio de la elevación del hielo en torno a los 2100 metros.

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