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Acueducto romano de Nîmes

Nuevos análisis del en un tiempo magnífico sistema de abastecimiento de aguas indican que los ingenieros de estructuras e hidráulicos que lo diseñaron, hace 2000 años, eran más expertos de lo que normalmente se cree.

Cualquier día cálido y soleado en el sur de Francia encontrará a miles de curiosos pasando por un puente de 240 años de edad, que atraviesa el río Gardon o Gard, cerca de la ciudad de Nîmes. La mayoría de estos visitantes prestan poca atención al chispeante río, al delicioso valle del Gardon o incluso al viejo edificio sobre el que caminan. Antes bien, se vuelven para contemplar un espectáculo único: el famoso Pont du Gard, un puente paralelo al otro, de dieciséis pisos de altura (48,77 metros), cuyos tres órdenes de arcos de cantería fueron levantados allí, hace unos 2000 años, por obreros del imperio romano.

En la primavera de 1985 trepé por el antiguo monumento como el más intrépido de los jóvenes turistas, pero mis razones para examinar el puente, elemento importante del acueducto que antaño suministraba agua a Nîmes —la colonia latina de Nemausus—, eran más profesionales que de recreo. Como ingeniero, estaba yo calculando el valor del puente y de otros restos del acueducto, para determinar hasta qué punto los componentes de ese sistema de abastecimiento de aguas estaban bien diseñados.

Suele repetirse que los ingenieros romanos eran prácticos que modificaban cautelosamente diseños consagrados, con escasa preparación ·teórica para abordar, por ejemplo, la geometría que haría óptima la velocidad del agua en una tubería, o cuánta masa necesitaría un puente para contrarrestar la capacidad del viento para volcarlo. Tienen fama también de haber sido excesivamente conservadores, compensando su falta de conocimientos mediante proyectos de edificios más resistentes y, por tanto, más costosos de lo que sabemos hoy que era necesario.

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