Sida e inyección de drogas

La pandemia del sida sigue extendiéndose entre los drogadictos, pero podría frenarse si los gobiernos se mostraran proclives a adoptar programas de prevención más eficaces.

Las minúsculas transfusiones de sangre que se producen cuando los drogadictos comparten las jeringas bastan, por sí solas, para transmitir enfermedades. Nada ha corroborado esa afirmación con mayor dramatismo que la rápida propagación del virus de la inmunodeficiencia humana y agente causal del sida, o VIH. En medio centenar largo de países se ha demostrado la infección sídica entre personas que se inyectan drogas ilícitas. Hay una treintena más donde se practica la inyección de sustancias ilegalizadas; estas naciones tienen, pues, grupos humanos con gravísimo riesgo de contraer o transmitir el virus del sida. Una vez establecido el VIH en esos grupos, se propaga entre la población a través de las relaciones sexuales y el embarazo.

No existen cifras mundiales sobre el número de consumidores de droga; el cálculo más aproximado los sitúa en unos cinco millones de personas. Pero sí disponemos de cifras precisas sobre el efecto del sida en ese segmento concernientes a ciertos países; en Estados Unidos más de una tercera parte de todos los casos de sida, en torno a 113.000, están asociados con la inyección de sustancias ilícitas. Aun careciendo de cifras definitivas, es evidente que la difusión del virus entre los drogadictos se ha convertido también en una catástrofe internacional. Las predicciones más cautas de las instituciones de salud pública prevén un aumento del consumo de drogas, vía inyección, en muchos países y una mayor transmisión del VIH entre las personas que utilizan ese medio para drogarse.

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