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Dispersión sin límites

El carácter cosmopolita de los microorganismos marinos condiciona su biogeografía y los protege del cambio climático.
cortesia de isabelle gil
Los océanos albergan una asombrosa diversidad microbiana. Bacterias, algas microscópicas y otros organismos unicelulares tales como foraminíferos o radiolarios desempeñan funciones ecológicas y biogeoquímicas esenciales para el funcionamiento de los ecosistemas marinos, el mantenimiento de los recursos pesqueros y la regulación del clima de la Tierra. Durante décadas, científicos marinos han explorado los mecanismos que controlan la distribución de estos seres microscópicos en el océano. Aunque existen numerosas incógnitas por resolver, estudios recientes han revelado cuestiones clave para entender sus patrones de diversidad y su respuesta a los cambios climáticos.
En 1883, la erupción del volcán Krakatoa, entre las islas de Java y Sumatra (Indonesia), liberó a la atmósfera toneladas de partículas minerales en forma de roca y ceniza. Días más tarde, restos volcánicos se acumulaban a miles de kilómetros de distancia del foco de la erupción. Martinus W. Beijerinck, microbiólogo holandés, quien había observado que sus medios de cultivo eran colonizados de forma recurrente por microorganismos oportunistas, se apoyó en este hecho para proponer la idea de que, como las cenizas del Krakatoa, las especies microbianas, suspendidas en el aire o arrastradas por las corrientes marinas, podrían llegar a colonizar cualquier rincón habitable del planeta.

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