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Recuerdos de una guerra nuclear

En agosto de 1945 se arrojaron dos bombas nucleares sobre Japón. El autor, partícipe en el proyecto Manhattan, reflexiona sobre el comienzo de la era atómica y lo que podría deparar el futuro tras el fin de la guerra fría.

Rara vez se refiere un aniversario al comienzo mismo de un acontecimiento. Mis recuerdos del proyecto Manhattan y de la primera bomba nuclear clavan sus raíces mucho antes de agosto de 1945. La raíz principal llega hasta 1938, cuando preparaba mi doctorado en física en la Universidad de California en Berkeley, lo que no ahogaba mis inquietudes políticas y sociales. Cierta noche avanzada de aquella primavera, mis amigos y yo seguíamos despiertos sólo para oír la voz áspera del Führer, que hablaba a las masas apiñadas en Nuremberg bajo el sol de mediodía. Su tono era jactancioso, marciales sus ejércitos irrumpiendo en las fronteras de naciones vecinas. Su arenga, aunque dada al otro lado del océano y nueve horas al este, sonaba demasiado cerca. Estaba claro que no faltaba mucho para una guerra terrible contra el Tercer Reich y su Eje. Las concesiones hechas a Hitler en Munich ese otoño confirmaban nuestros miedos más hondos. La guerra mundial estaba al caer.

Por una coincidencia del destino, la física nuclear iba pronto a vincular los laboratorios universitarios al curso de la guerra y la paz. A principios de 1939 adquirió nivel de certeza la hipótesis según la cual una emisión de energía sin precedentes acompañaba la absorción de neutrones lentos por el elemento uranio. Puedo recordar el día de enero en que vi por primera vez, sobrecogido, las espigas verdes que mostraban en la pantalla del osciloscopio los enormes impulsos amplificados de electrones que liberaba uno de los dos veloces fragmentos de cada núcleo dividido de uranio.

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