Tornados

Mucho se ha avanzado en el conocimiento de las tormentas capaces de desencadenar tornados, pero no se han despejado todas las incógnitas sobre la formación de esos vórtices violentos.

La primavera de 1995 fue prolífica en tornados en Norteamérica. Sólo en mayo, unos 484 episodios mataron a 16 personas y produjeron daños materiales por valor de millones de dólares. Los investigadores veían también un aspecto positivo. Día tras día, la predicción de tormentas violentas les sacaba del Laboratorio Nacional de Tormentas Violentas (NSSL) de Norman, Oklahoma, para acudir presurosos a los estados de Texas o de Kansas, de donde regresaban a veces entrada la madrugada. Tras el análisis diario de la situación a la mañana siguiente, volvían a encaminarse hacia allí con la esperanza de seguir recogiendo valiosos datos sobre la formación de los tornados.

Los mapas meteorológicos del 16 de mayo indicaban riesgo de tornados vespertinos en Kansas. Hacia las cinco de la tarde había estallado una amenazadora tormenta, alimentada por vientos cálidos y húmedos del sur que se elevaban y entraban en rotación al formar una corriente ascendente. La tormenta era una "supercélula" muy organizada, condición ideal para el nacimiento de los tornados. Cuando William Gagan y yo nos acercamos desde el sureste con un ve hículo pertrechado con el equipo instrumental adecuado, el "Probe I", vislumbramos la cima de una tormenta monstruosa, a 16 kilómetros de altura y a 95 de distancia. La tormenta avanzaba en dirección estenordeste a casi 50 kilómetros por hora, movimiento típico en las Grandes Llanuras.

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