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Máseres en el firmamento

Las nubes de gas interestelar producen una intensa radiación coherente de microondas. Esta nos ofrece indicios del tamaño, contenido y distancia de objetos que, sin dicha emisión, serían invisibles.

Hace una treintena de años, los radioastrónomos empezaron a detectar señales que jamás imaginaron. En 1963, un equipo dirigido por Alan H. Barrett, del Instituto de Tecnología de Massachusetts, descubrió la existencia de unas señales de radio que procedían de nubes del espacio interestelar formadas por moléculas excitadas. Muchos astrofísicos habían sostenido que, en las regiones situadas entre las estrellas, no podían desarrollarse nubes moleculares, pero había, además, otra razón para el asombro. La primera molécula que detectaron, el radical hidroxilo (OH), emitía radiación que parecía contradecir las leyes de la física estadística; las líneas de emisión que debían ser intensas eran débiles, y las que debían ser débiles eran intensas.

En 1965, un equipo dirigido por Harold F. Weaver, de la Universidad de California en Berkeley, detectó radiación con unas propiedades tan insólitas que le pusieron a la sustancia emisora, a falta de una explicación mejor, el sobrenombre de "mysterium". Las microondas que detectaron eran sumamente brillantes, cada línea de emisión cubría un intervalo pequeñísimo de longitudes de onda (en contraposición a los picos más anchos que se habían visto en otras fuentes) y casi toda la radiación estaba polarizada en el mismo sentido, pese a que los fotones de las ondas de luz y de las radioondas que emiten las fuentes astronómicas están, por lo general, polarizados aleatoriamente en diferentes direcciones.

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