Fósiles con restos de vida

Al contrario de lo que se pensaba, ciertos componentes orgánicos podrían conservarse en los fósiles durante millones de años.

RAÚL MARTIN

Al examinar detenidamente al microscopio la lámina delgada de un hueso fosilizado, observé incrédula las diminutas esferas rojas dentro del conducto de un vaso sanguíneo que atravesaba el tejido duro de color amarillo pálido. Cada una de las esferas presentaba una zona oscura semejante al núcleo de una célula. En realidad, recordaban a las células sanguíneas de los reptiles, las aves y el resto de vertebrados actuales, a excepción de los mamíferos, cuyos eritrocitos carecen de núcleo. La lámina de hueso procedía de un dinosaurio que el equipo del Museo de las Rocosas en Bozeman, Montana, había desenterrado hacía poco (un Tyrannosaurus rex que murió hace unos 67 millones de años). Me costaba aceptar que se tratara de células, ya que la materia orgánica era demasiado delicada para resistir un lapso de tiempo tan dilatado.

Durante más de 300 años, los paleontólogos han dado por supuesto que la única información que se puede obtener de los huesos fosilizados es el tamaño y la forma. El conocimiento tradicional sostiene que cuando un animal muere bajo unas condiciones adecuadas de fosilización, los minerales inertes del ambiente circundante terminan por reemplazar a las moléculas orgánicas (las que constituyen las células, los tejidos, los pigmentos y las proteínas) y se forman como resultado huesos compuestos enteramente por materia mineral. Cuando aquella tarde de 1992 contemplaba las estructuras carmesíes de los huesos de dinosaurio, me hallaba de hecho ante una prueba que contradecía ese sólido principio de la paleontología, si bien en aquel momento me quedé totalmente desconcertada. Teniendo en cuenta que los dinosaurios eran vertebrados no mamíferos, los elementos rojos podían corresponder a células sanguíneas con núcleo, pero también podían haberse originado por algún proceso geológico que desconocía.

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