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  • Investigación y Ciencia
  • Mayo 2006Nº 356

Ecología

La acidificación de los océanos

Buena parte del dióxido de carbono liberado por la quema de combustibles fósiles acaba en el océano, con la consiguiente alteración de la acidez del medio. El fenómeno repercute en la estabilidad de la vida marina.
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En 1956, Roger Revelle y Hans Suess, de la Institución Scripps de Oceanografía, señalaron la necesidad de medir el dióxido de carbono en la atmósfera y en el océano, para conocer los efectos ejercidos sobre el clima por la intensa producción industrial de dióxido de carbono en el transcurso de los próximos 50 años. En otras palabras, se proponían hacerse una idea de la gravedad de la situación actual. Hoy nos sorprende que tuvieran que justificar la importancia de dichas observaciones, pero en aquella época se desconocía si el dióxido de carbono que arrojaban los tubos de escape y las chimeneas se acumularía en la atmósfera. Algunos creían que el mar lo absorbería sin complicaciones o que lo fijarían las plantas sin problemas.
Revelle y el joven investigador al que contrató para este proyecto, Charles David Keeling, se percataron de que debían instalar equipos en puntos remotos, lejos de las fuentes y sumideros de dióxido de carbono, que introducirían una variación errática en las mediciones. Uno de los enclaves seleccionados se hallaba en la zona más alejada de cualquier actividad industrial y exenta de vegetación: el polo sur. Otro, en una estación meteorológica recién instalada en la cima del volcán Mauna Loa, en Hawai.

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