Las primeras formas de vida, a debate

La ciencia se ha visto obligada a replantearse los criterios de identificación de la existencia de vida. Las pruebas geológicas de ayer parecen ahora menos sólidas.
Los organismos prehistóricos nos han dejado innumerables pruebas de su existencia fosilizados en rocas antiquísimas. Enormes fémures pertenecientes a pesados dinosaurios arrastrados por ríos desbordados yacen ahora entre las argilitas. Las hojas rizadas de helechos tropicales que crecieron en ciénagas, se encuentran entre capas de carbón azabache. Serpenteantes galerías, excavadas por gusanos en delgados fondos marinos, perduran en calizas grises. Estos indicios de vida se distinguen con nitidez de su sarcófago pétreo. Ahora bien, cuanto más antiguo es el organismo, mayor misterio rodea la tumba en que yace.
Antes de que la vida empezara a andar, reptar o echar raíces, habitaban en la Tierra solitarias células microscópicas. Casi todas las huellas de aquellas células que vivieron hace unos 2500 millones de años, durante el eón Arcaico, se han vuelto indistinguibles de las rocas donde se hallan impresas. Millones de años de violentas sacudidas, hundimientos, elevaciones y repetidas compresiones, no han permitido la pervivencia de muchos fósiles de células en las rocas de la superficie terrestre a las que podamos hoy acceder. A menudo, la geología debe apoyarse en otros signos de vida, las llamadas bioseñales; incluidas entre éstas las menos evidentes, como los restos de carbono cuya composición química va asociada en exclusiva a un organismo.

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