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La ciencia ante el reto del Antropoceno

Repensar la manera de producir conocimiento para afrontar la crisis global.

THE EVOLUTION OF KNOWLEDGE
RETHINKING SCIENCE FOR THE ANTHROPOCENE
Jürgen Renn
Princeton University Press, 2020
584 págs.

Vamos mal. Incluso durante una pandemia nefasta, las noticias sobre la destrucción de la biosfera no se detienen. Los incendios forestales y la fusión acelerada del hielo ártico nos inquietan. La humanidad no es capaz de frenar el cambio climático y sus desastrosas consecuencias, o al menos así lo parece. Las huellas de la actividad humana ya están inscritas de manera irreversible en la superficie del planeta, lo que ha llevado a que la historia humana pase a convertirse en historia de la Tierra. Como consecuencia, hace ya años que geólogos y otros científicos discuten si ya hemos salido del Holoceno y entrado en el Antropoceno [véase «¿Existe el Antropoceno?», por Alejandro Cearreta; Investigación y Ciencia, noviembre de 2018].

Pero, aparte de bautizar nuevas épocas geológicas, ¿cuál es el papel de la ciencia y la tecnología en este proceso? ¿Son los científicos y los ingenieros los principales culpables de la destrucción de la naturaleza? ¿O son más bien su Casandra, quienes advierten del peligro fatal sin que nadie les escuche? ¿Van a proporcionar los instrumentos y técnicas necesarias para afrontar la crisis global?

Por supuesto, nadie tiene respuestas sencillas a estas preguntas. Pero confiar en que las soluciones tecnológicas llegarán por sí solas a tiempo sería pecar de ingenuos, advierte Jürgen Renn en The evolution of knowledge. Según el historiador de la ciencia alemán, la fe ciega en la ciencia revela una ignorancia profunda sobre la forma en que se genera el conocimiento.

En este sentido, el título y el subtítulo de su último libro son certeros: hemos de estudiar «la evolución del saber» para, de ese modo, «repensar la ciencia de cara al Antropoceno». Para ello Renn defiende la necesidad de entender la generación de conocimiento en toda su complejidad; es decir, en su dimensión social, material, epistemológica e histórica. Como consecuencia, un concepto clave es el de «economía de saber»; esto es, cómo organiza una sociedad la producción, circulación e implantación de conocimiento. Y una mirada hacia atrás puede aclarar cómo han operado y cambiado tales economías del saber a lo largo de la historia.

El análisis de Renn pivota sobre dos aspectos clave que la historia de la ciencia ha puesto de manifiesto en las últimas décadas. En primer lugar, si somos capaces de distinguir por medios analíticos entre conocimiento (knowledge), ubicado en el ámbito práctico y en el día a día, y ciencia (science), caracterizada por la abstracción, la generalización y la formalización del saber. Dicha tarea se antoja difícil, ya que, como asevera Renn, la evolución del conocimiento científico siempre ha estado estrechamente vinculada a la del conocimiento práctico. Como demuestran de manera contundente un gran número de estudios, los artesanos y otros grupos profesionales (arquitectos, ingenieros, agricultores, criadores) han desempeñado un papel fundamental en la generación de nuevo conocimiento científico.

El segundo aspecto apuntado por Renn es que, tradicionalmente, la historia del saber se ha estudiado desde una perspectiva restringida que privilegia la innovación sobre la implantación, la transmisión y la transformación. Hoy ya no ocurre así: tenemos claro que nunca hay una transmisión «nítida» entre un emisor y un receptor, como sugieren los modelos simplificados de la comunicación. El acto de transmisión de un saber, de una práctica o de un instrumento constituye siempre una adaptación al propio ámbito del receptor, a sus necesidades y maneras de entender el mundo. De este modo, el conocimiento cambia y, en ocasiones, su apropiación local constituye una fuente de innovación.

Aunque Renn basa su análisis en numerosos avances acontecidos en su propia disciplina, esta tampoco queda exenta de críticas. Según él, la historia de la ciencia corre el peligro de acabar enredada en detallados estudios de casos particulares, que, aunque sean excelentes en sí mismos, hacen perder la vista del conjunto. Y en concreto, denuncia la falta de una agenda (política), más urgente que nunca dada la crisis que atraviesa el planeta.

Las ideas de Renn no solo se nutren de la historia de la ciencia, sino de muchas otras disciplinas, desde la filosofía de la ciencia hasta la sociología, la arqueología, la antropología, los estudios religiosos o la historia global. Para reconstruir las economías de saber del pasado hace falta una mirada interdisciplinar. Renn se toma muy en serio el concepto de «historia profunda» (deep history). Para lograr una verdadera historia del saber, hay que comenzar por las industrias líticas de nuestros antepasados, el origen del lenguaje, la revolución neolítica y la evolución de la escritura en Mesopotamia. En todos estos casos la transmisión de saber ya es clave y, por eso, resulta obligado centrarse en los aspectos materiales de la comunicación: cómo ha evolucionado la representación del saber desde los gestos hasta el lenguaje hablado y la escritura, y desde los sencillos dibujos de nuestros antepasados hasta los complejos modelos computacionales de hoy.

En este sentido, Renn intenta ser «materialista» e «idealista» a la vez. O mejor dicho, trata de integrar esas dos perspectivas a fin de superar la estéril oposición entre ellas. Destaca el papel clave de las instituciones, tanto las de enseñanza como las de investigación, así como el de las redes locales y transnacionales, e intenta describir de manera holística la evolución del conocimiento y de las comunidades epistemológicas.

Renn es director del renombrado Instituto Max Planck de Historia de la Ciencia de Berlín desde su fundación, en 1994. Físico de formación, es conocido por sus trabajos sobre Galileo y Einstein, pero hace ya más de una década que investiga la dimensión global del conocimiento. The evolution of kowledge sintetiza su colaboración con grupos de perfiles muy distintos y que han estudiado cuestiones tan dispares como la transmisión del saber en el mundo árabe de la Edad Media o los procesos epistemológicos en el campo de la arquitectura. En su opus magnum, Renn reconoce de forma recurrente las contribuciones de muchos de sus colegas de profesión. Y esta es de hecho su tesis principal: el conocimiento es un producto social.

A modo de ejemplo, tomemos la construcción de la cúpula de la catedral de Florencia en la primera mitad del siglo XV. Mucho más allá del genio arquitectónico de Brunelleschi, esta fue en realidad un proyecto común conseguido gracias a la colaboración de grupos profesionales de todo signo. Se aprendió construyendo y tomando riesgos de manera consensuada, y fue ello lo que acabó generando nuevo conocimiento: una cúpula sostenida por su propio peso. Al mismo tiempo, Renn intenta asimismo evitar el pecado del eurocentrismo y apunta, por ejemplo, a sorprendentes paralelismos entre la «física» de los antiguos griegos y la de los integrantes del moísmo, una escuela filosófica china del siglo v antes de nuestra era, o a la fascinante interacción entre los misioneros jesuitas y los sabios chinos en torno al año 1600.

La amplia mirada de Renn a lo largo de la historia impresiona. Pero el libro no quiere ser una historia absoluta de la ciencia mundial. Su ambición no es cubrir todas las épocas y ramas de conocimiento, sino que se trata de una obra conceptual, con agenda y dirección marcadas. Algunas partes resultan un poco más difíciles de seguir debido a su carácter abstracto, pero en líneas generales el libro se deja leer con facilidad y placer intelectual, en un viaje que lleva volando al lector desde un ejemplo al siguiente y que recorre la historia del saber desde Homo habilis hasta el capitalismo de macrodatos que impera en nuestros días.

The evolution of knowledge admite dos públicos. El primero estaría integrado por sus colegas de profesión, para quienes la historia de la ciencia no puede ser sinónimo de historia del progreso. Renn está de acuerdo, pero argumenta que narrar la evolución del saber no es lo mismo, ya que esta incluye saltos inesperados, fracasos y tiene un carácter multifactorial. En este sentido, el Antropoceno podría servir como concepto vertebrador para desarrollar nuevas narrativas.

El segundo público sería el público general, probablemente mucho más interesado en las soluciones que propone. Al respecto, Renn escribe que «al hacer frente a los desafíos del Antropoceno, el conocimiento puede ser el bien común más importante», pero advierte de que nuestro tiempo está marcado por la fragmentación del conocimiento científico y su privatización (como lo ilustra el ejemplo de las empresas farmacéuticas) y su negación con fines políticos y económicos (entre quienes cabe destacar a los negacionistas del cambio climático).

Por todo lo anterior urge buscar nuevas maneras de producir conocimiento, y The evolution of knowledge proporciona un catálogo de criterios en cuanto a qué tipo de saber y de ciencia necesitamos. Debe tratarse de un conocimiento abierto, accesible, anclado en la sociedad y alejado de intereses individuales con una motivación puramente económica. Hemos de ser capaces de integrar conocimientos y experiencias diferentes a escala global. Y también habría que pensar en desarrollar una epistemología marcada por la responsabilidad global pero con sensibilidad para los contextos locales. Ello requerirá nuevas formas de diálogo dentro de la sociedad y de colaboración entre las ciencias naturales, humanas y sociales. Una propuesta más concreta sería una Internet diferente, lo que Renn llama «una web epistémica», en la que los ciudadanos generen y controlen los contenidos.

La obra de Renn no carece de tensiones internas. Por ejemplo, defiende con vehemencia la investigación básica, que, por definición, está abierta y no busca aplicaciones concretas. Pero ¿podemos permitirnos ese «lujo»? Sin duda, un libro con objetivos tan ambiciosos es también fácilmente criticable. Transformar de manera radical nuestra economía global de conocimiento suena como una tarea hercúlea. Pero ¿qué alternativas tenemos?

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