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Un fontanero jura por todos los dioses que pasará«sin falta» antes del fin de semana: no lo hace. ¿Es un mentiroso? No. Simplemente, pone en práctica una forma específica de mala fe utilizada en su profesión. Un político declara no tener más ambición que el interés nacional; un dentista nos dice «ya está» para tranquilizarnos; un hombre de negocios pretende convencernos de que somos nosotros quienes nos llevamos el gato al agua al firmar el contrato. Pura mentira.

Sin embargo, todas estas personas pueden ser perfectamente honestas. No hacen sino comportarse según la costumbre. Cada profesión posee su forma específica y codificada de mala fe, sin la cual sería imposible llevar adelante el negocio.

Las profesiones intelectuales no se escapan a la regla. Por ejemplo, la mala fe del traductor consiste en insertar una nota al pie de página, que dice: «juego de palabras intraducible» (¿no sería posible que un traductor más diestro lo consiguiera?); la del jefe del laboratorio, en añadir su nombre a un artículo que ni siquiera ha leído; la del matemático, en decir «un sencillo cálculo demuestra que...»

Juego: complétese la lista anterior. Ojo: no se trata de estigmatizar la falta de honestidad, sino de localizar el tipo de retorsión de la verdad que en cada profesión resulta indispensable para poder ejercerla.

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