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1 de Noviembre de 2005
Energía

Más riqueza con menos carbono

Si primásemos la eficiencia energética, no sólo protegeríamos el clima. Empresas y consumidores percibirían beneficios económicos.

La quema de combustibles fósiles, amén de contribuir al calentamiento global, dilapida el dinero. [CARY WOLINSKY (fotografía); JEN CHRISTIANSEN (fotomontaje)]

En síntesis

El sector energético de la economía mundial es despilfarrador. Si mejorara la eficiencia energética en fábricas, edificios, vehículos y artículos domésticos, se reduciría el consumo de carbón y combustibles derivados del petróleo.

Para conseguirlo, el método más rápido y lucrativo consiste en mejorar el rendimiento en el uso final, como con productos de bajo consumo o mejoras en las construcciones de viviendas e industrias.

Con ello no solo se mitigarían los daños al clima terrestre, sino que también se ahorrarían inmensas cantidades de dinero en empresas y hogares.

Un malentendido desvirtúa el debate acerca del clima. Los expertos que hablan en nombre de uno u otro lado durante la disputa sostienen que la protección del clima obliga a un compromiso entre el ambiente y la economía. Creen que al quemar menos combustibles fósiles para refrenar o impedir el calentamiento global aumenta el coste de satisfacer las demandas energéticas de la sociedad. Afirman los ecologistas que el coste sería un poco mayor, pero valdría la pena; los escépticos, entre ellos altos cargos del gobierno de EE.UU., advierten de que los gastos adicionales serían prohibitivos. Pero ambas partes están equivocadas. Adecuadamente conducida, la protección climática reduciría los costes, no los aumentaría. Un aprovechamiento más eficiente de la energía brindaría un filón económico, no ya por los beneficios que supondría detener el calentamiento global, sino también porque ahorrar combustibles fósiles es mucho más barato que comprarlos.

En el mundo abundan los métodos de eficacia comprobada para emplear la energía más productivamente. Diversas empresas los están ya aplicando. Durante la última década, la empresa DuPont ha incrementado su producción en casi un 30 por ciento; sin embargo, ha reducido el gasto energético en un 7 por ciento y las emisiones de gas de invernadero en un 72 por ciento (medidas en función de su equivalente en dióxido de carbono), con un ahorro hasta ahora de más de dos mil millones de dólares. Otras cinco firmas importantes —IBM, British Telecom, Alcan, Norske Canada y Bayer— han ahorrado en conjunto otros dos mil millones de dólares desde comienzos de los años noventa y han reducido en más de un 60 por ciento sus emisiones de carbono. En 2001, la petroquímica BP cumplía el objetivo que se había impuesto de reducir sus emisiones de dióxido de carbono para 2010 a un diez por ciento menos que sus emisiones de 1990; en diez años redujo su factura energética en 650 millones de dólares. Y en mayo de 2005, General Electric se comprometió a elevar su eficiencia energética en un 30 por ciento para el año 2012; persigue así aumentar su valor accionarial. Estas empresas, y decenas como ellas, saben que la eficiencia energética mejora la cuenta de resultados y rinde unos beneficios adicionales aún más valiosos: aumento de la calidad y fiabilidad en sus plantas, aumento del 6 al 16 por ciento en la productividad de la mano de obra en unas instalaciones más eficientes y aumento de las ventas de un 40 por ciento en unos locales comerciales diseñados para que los ilumine sobre todo la luz diurna.

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