Peces rana

Maestros del mimetismo agresivo, estos carnívoros voraces pueden tragar sus presas más rápidamente que cualquier otro vertebrado depredador conocido.

En la mañana del 29 de diciembre de 1696, un capitán holandés y su tripulación se hallaban buscando a los supervivientes de un buque que se había hundido no lejos de la costa de Australia Occidental. Aunque nunca se encontraron supervivientes, lo que sí halló la tripulación, varado en la playa de una isla cercana (entre ratas del tamaño de los gatos domésticos), fue un pez notabilísimo. Así se descubrió ese ejemplar, distinto de cuantos peces habían nunca visto los marineros: "medía unos sesenta centímetros de longitud y tenía la cabeza redonda, una especie de brazos y patas e incluso algo parecido a manos". No nos cabe la menor duda (aunque la identidad específica no se sabrá nunca) de que ser tan extraño, sumariamente descrito hace casi tres siglos, era un pez rana.

El nombre les es apropiado. Presentan un sorprendente parecido con las ranas: su cuerpo (cuya longitud oscila entre los dos y los cuarenta centímetros) es globoso y está equipado con aletas bien desarrolladas, que semejan patas y que les permiten gatear por las rocas, arenas y arrecifes de coral, como si fueran tetrápodos terrestres. Se presentan en casi todos los colores imaginables y pueden alterar su aspecto hasta confundirse con los objetos de su entorno (verbigracia, un fragmento de coral), en cuestión de días y, en algunas especies, en pocos segundos. Así, un pez rana que se mueve de un tipo de sustrato a otro puede cambiar de color y seguir disimulándose en su entorno. Esa es la razón de que la mayoría resulte punto menos que imposible de distinguir de su ambiente; muchos pasan, pues, inadvertidos (y no sólo a sus depredadores, sino también a buceadores e ictiólogos expertos).

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