Economías alternativas para un mundo sostenible

Para reconciliarnos con la biosfera será necesario crear comunidades y relaciones centradas en la sostenibilidad de la vida, tanto humana como no humana.

Las semillas autóctonas alimentadas con agua de lluvia y suplementos orgánicos permiten que Nadimidoddi Vinodamma, de la Sociedad para el Desarrollo del Decán (una cooperativa agrícola del sur de la India), cultive suficientes alimentos para su familia y para venderlos en los mercados locales. [ASHISH KOTHARI]

En síntesis

La pandemia ha expuesto la fragilidad de una economía globalizada que se anuncia como beneficiosa para todos, pero que en realidad genera injusticia social y destrucción ecológica.

Para crear un mundo sostenible y equitativo habrá que introducir cambios en cinco ámbitos interconectados: el económico, el político, el social, el cultural y el ecológico.

En todo el planeta están surgiendo alternativas muy diversas, pero basadas en principios (gobernanza local, autosuficiencia, solidaridad) y valores similares, como el respeto y responsabilidad hacia toda forma de vida.

El pasado marzo, Moligeri Chandramma me aseguraba mediante un intérprete que en su aldea nadie había sufrido escasez de alimentos durante los confinamientos y que tampoco se vieron afectados por la COVID-19. Esta agricultora de las tierras áridas del sur de la India cultiva más de 40 especies y variedades de plantas (sobre todo lentejas, especias, mijo y arroz autóctonos) en una parcela de poco más de una hectárea. Chandramma forma parte de la Sociedad para el Desarrollo del Decán (DDS, por sus siglas en inglés), una cooperativa compuesta por casi 5000 mujeres dalit (intocables) y adivasi (indígenas). Su extraordinaria manera de compaginar la conservación de la biodiversidad con la obtención de sustento agrícola les valió en 2019 el prestigioso premio Ecuatorial de las Naciones Unidas. Tras padecer malnutrición extrema y discriminación social y de género en la década de 1980, estas agricultoras disfrutan ahora de soberanía alimentaria y seguridad económica. Y no solo están logrando capear la pandemia, sino que en 2020 cada familia de la DDS ayudó con unos 10 kilogramos de cereales a los habitantes de la región que carecían de tierras y sustento.

Al otro lado del mundo, seis comunidades quechuas de los Andes peruanos gestionan el Parque de la Papa en Pisac, Cuzco, un paisaje montañoso que es uno de los lugares de origen de la patata. Protegen esa región como un «patrimonio biocultural», un tesoro biológico y cultural heredado de sus antepasados, y conservan más de 1300 variedades de patata. Cuando visité la zona en 2008 junto a otros investigadores y activistas, la diversidad me dejó sin palabras.

«Este es el resultado de veinte años de trabajo constante para lograr que nuestro sistema alimentario vuelva a ser local, tras una época en la que dependíamos en exceso de agencias externas para cubrir nuestras necesidades básicas», declaró el agricultor Mariano Sutta Apocusi en agosto de 2020 a Local Futures, una organización dedicada a reforzar comunidades de todo el mundo. «Centrarnos en lo local nos ha ayudado a mejorar el acceso y la asequibilidad de una gran variedad de alimentos, sobre todo patatas nativas, quinua, quihuicha, otros tubérculos andinos y maíz, que cultivamos empleando métodos agroecológicos indígenas.» Las comunidades instauraron fuertes medidas sanitarias y de seguridad cuando sobrevino la pandemia, al tiempo que recogían una cosecha abundante y distribuían más de una tonelada de patatas a los inmigrantes, a los ancianos y a un centro de acogida para madres adolescentes maltratadas de la ciudad de Cuzco.

En Europa, muchas iniciativas de «economía solidaria», que fomentan una cultura de la empatía y la compartición de recursos, se pusieron manos a la obra cuando los confinamientos relacionados con la COVID-19 provocaron la pérdida de numerosos puestos de trabajo. En Lisboa, los centros sociales Disgraça y RDA69, que tratan de recuperar la vida comunitaria en un entorno urbano muy fragmentado, ofrecieron alimentos gratis o económicos a quien los necesitara. Y no solo proporcionaban comidas, sino también espacios donde los refugiados, sintecho, jóvenes desempleados y demás personas que de otra forma habrían quedado desatendidas podían interactuar y establecer vínculos con familias en mejor situación económica, lo que creó una especie de red de seguridad social. Los organizadores confiaban en que aquellos con los medios suficientes donaran alimentos o fondos a la iniciativa, reforzando así el sentimiento de comunidad en los vecindarios circundantes.

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