Infinidad de formas bellas

Una invitación a pensar los talentos animales y su evolución.

Animales ejemplares. Juan Ignacio Pérez y Yolanda González

 

ANIMALES EJEMPLARES
Juan Ignacio Pérez y Yolanda González
Next Door Publishers, 2020
288 págs.

Animales ejemplares nos invita a examinar las formas de vida animal con relación a los medios, los climas, las necesidades metabólicas y reproductivas, las migraciones, la geología terrestre o los vínculos de unos con otros. Tras introducir la evolución animal, 39 capítulos breves indagan en el metabolismo o comportamiento concreto de alguna especie, en un recorrido que va desde la curiosidad o familiaridad hasta los trabajos científicos que iluminan esa capacidad o talento especial de los animales considerados. Los comentarios arrancan con fragmentos de poesías o canciones y con frecuencia se cita a Aristóteles, Buffon, Darwin o Thoreau, entre otros naturalistas clásicos. Cada texto se acompaña de grandes láminas coloreadas de la artista especializada en ilustración científica Yolanda González, las cuales centran la atención y fijan en la memoria algún aspecto esencial del comentario.

El autor de los textos, Juan Ignacio Pérez, catedrático de fisiología de la Universidad del País Vasco y gran promotor de la cultura científica, no elabora una teoría o marco explicativo general ni trata de abarcar toda la diversidad animal. Aunque están lejos de ser puras invenciones como las Just so stories de Rudyard Kipling, las historias de este libro, como aquellas, apelan a la imaginación y a la empatía y profundizan en el entendimiento científico para ir más allá de la fascinación estética que nos suscitan las formas de vida animal. Se podría decir que, implícitamente, se demanda una cultura científica amplia, imbricada y embebida en los conocimientos filosóficos, literarios y artísticos que la pueden hacer no solo más creíble o atractiva, sino también más verdadera.

Muchas historias se refieren al metabolismo. Por ejemplo, a la forma en que se gestiona la relación entre el medio interno y el externo en los peces según vivan en agua dulce o de mar, a los mecanismos que permiten la oxigenación en altitudes extremas, o a los métodos para generar o mantener calor o una diferencia significativa de temperatura con respecto al medio, particularmente cuando no hay más remedio que migrar para sobrevivir. Varios ejemplos muestran que existen soluciones similares ante problemas similares, como las variedades de hemoglobina y mioglobina de alta afinidad por el oxígeno; o la rete mirabile («red maravillosa»), la organización circulatoria que ayuda a conservar la temperatura corporal.

Desde la perspectiva evolutiva nos preguntaríamos si esas formas que parecen ser «lo mismo» en taxones filogenéticamente alejados son homologías o soluciones convergentes ante las mismas presiones selectivas. En efecto, una cuestión a debate en biología ha sido la manera en que se complementan las causas evolutivas y las mecánicas. El fisiólogo Claude Bernard no creía que los linajes evolutivos contribuyesen al estudio del funcionamiento orgánico, que, desde su punto de vista, debía ser experimental. En cambio, Ernst Mayr y el ímpetu de la síntesis moderna han defendido lo contrario: que sin la evolución no pueden responderse los porqués. En la actualidad, una «síntesis extendida» trata de seguir integrando los conocimientos de las diferentes disciplinas biológicas, y muchos de los ejemplos del libro aportan detalles fisiológicos de las formas de vida que iluminan su evolución.

Naturalistas como Buffon o Darwin subrayaron la dificultad de entender la evolución si no se atiende al tiempo. Dado que el tiempo configura la geología de la Tierra tanto como a los seres vivos, en la evolución del «sistema Tierra», todo, geología y vida, forma un conjunto imbricado modulado por la temporalidad. En este sentido, Animales ejemplares cuenta que los gansos del Himalaya sobrevuelan las montañas subiendo y bajando los picos como en una montaña rusa, en un medio en el que, por falta de aire, apenas hay oxígeno. Ello sugiere que probablemente sepan hacerlo porque las aves ya estaban ahí antes de que las montañas fueran tan altas.

La biología evolutiva se ha asociado a menudo con una visión de la naturaleza basada en la competencia y en la que abundan las imágenes bélicas. Ya Darwin habló de la naturaleza «roja en diente y garra», mientras que estudiar «carreras de armamentos» parece otra metáfora de ese talante, influida en este caso por la Guerra Fría de los tiempos en que se desarrolló ese darwinismo basado en la genética de poblaciones. Los venenos como la paralizante tetrodotoxina del pez globo de los relatos de Cook o la piel de algunas salamandras venenosas, además de algunas historias mitológicas, como la del kraken, se asocian a esa disposición a competir. Sin embargo, en la naturaleza no faltan destellos de cooperación.

Al respecto destaca el caso del pingüino emperador, que no solo calienta el huevo en el frío antártico, sino que alimenta al polluelo recién nacido con su propia leche del esófago mientras espera semanas a que la madre vuelva del mar, al tiempo que mantiene la temperatura formando parte de un grupo enorme de individuos que rotan de fuera adentro para calentarse. Otro ejemplo revelador es el de una serpiente macho que genera hormonas femeninas. Podríamos pensar que se trata de una estrategia de engaño para ser el primero en fecundar. Pero, como señala Pérez, cabe otra interpretación: «Buscarían ser rodeados por los demás machos en un momento como es el inmediatamente posterior a salir de la hibernación, de especial desamparo. Se beneficiarían así del calor que aquellos desprenden al rodearlo en pleno frenesí y lo protegerían, además, de posibles depredadores en ese difícil trance». En filosofía hablaríamos de una infradeterminación de la teoría por los datos, pues ambas hipótesis son igualmente compatibles con las pruebas disponibles. Filósofas como Helen Longino han mostrado que estos casos permiten arrojar luz sobre las suposiciones que orientan las hipótesis y ayudan a reconsiderarlas. Algo similar creo que ocurre con el binomio de naturaleza competitiva y cooperativa, el cual convendría revisar.

Por supuesto, la ciencia no lo sabe todo sobre los animales. Las creencias falsas, como que los dromedarios tienen un depósito para el agua, que las anguilas surgen por generación espontánea o que no hay peces pulmonados, se van reemplazando por otras a la luz de los datos. Sin embargo, aún no sabemos cómo desovan las anguilas en los Sargazos, por qué se despiertan los osos de su hibernación si ello les supone un gran coste metabólico, o si ciertas rapaces propagan deliberadamente los incendios. También existe el miedo de que haya cosas que no podamos saber jamás debido a las extinciones o a los efectos del cambio climático. Por otra parte, quizás haya que cambiar algunos supuestos básicos. Por ejemplo, la definición habitual de los animales como seres formados exclusivamente por células eucariotas podría pronto quedar obsoleta a la luz de las pruebas crecientes de la integración de bacterias y otros procariotas en su desarrollo, evolución y funcionamiento.

En cuanto a los humanos, es posible que al autor le sucediera lo que a Epimeteo, quien, según comenta Platón en el Protágoras, se olvidó de ellos al repartir los dones entre los animales. También aquí el humano se ve relegado a personaje secundario, aunque aparece cuando se revisa la manera en que zorros y coyotes tratan de compartir sus espacios mediante una autodomesticación semejante a la que vivieron los perros, o en cooperaciones extraordinarias como la de los borana de Kenia, que, en una extraña simbiosis, siguen a los pájaros indicadores para encontrar paneles de miel.

Animales ejemplares ofrece estampas penetrantes que, por el rigor científico con que están tratadas, incitan a continuar pensando sobre los animales. En una sección final se discurre sobre el ciclo de la vida. En el caso de los animales y demás seres vivos, la «razón de ser de su existencia» solo puede entenderse como relacionada con otras formas: deben sus formas actuales a las pasadas y, más allá de la duración limitada de su vida individual, «viven por aquellos que los sucederán», en palabras de Pérez. Esa es una clave importante para entender este libro, una gran invitación a reparar en las conexiones geográficas y temporales que conforman las formas de vida de los animales.

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