La medicina de la Revolución francesa

En 1789, los médicos franceses se ven envueltos en un juego de poder que intenta preservar la salud de la población sin poner en riesgo las nuevas libertades ni la economía de guerra.

El puerto de Marsella durante la epidemia de peste de 1720. Pese a que la ciudad fue puesta en cuarentena, la peste causó 50.000 muertos y otros 75.000 en toda la Provenza. [Grabado basado en un cuadro de Michel Serre. © Colección Wellcome/creativecommons.org/dominio público/mark/1.0]

En síntesis

Desde 1789, los médicos franceses ganan poder en todo lo relativo a la salud de la población. Las autoridades revolucionarias intentan compaginar las restricciones sanitarias para prevenir epidemias con las nuevas libertades sociales.

Pero las medidas aún son muy coercitivas y están supeditadas a la guerra, que convierte París en un arsenal químico y militar en detrimento de la salud de sus habitantes.

La relación entre epidemias y dinámicas políticas continúa a lo largo del siglo XIX, y el propio Bonaparte obtiene rédito de la enfermedad y burla las restricciones para acceder al poder.

Marsella, 25 de mayo de 1720. El navío Gran San Antonio, de un comerciante de la ciudad, atraca procedente de Esmirna, Líbano y Siria, cargado de algodón y otras mercancías. En menos de un mes, tras varias muertes a bordo y pese a la imposición de una cuarentena, la ciudad comienza a registrar casos de peste. Las autoridades locales adoptan las primeras medidas coercitivas: confinan en sus domicilios a los enfermos y a sus allegados, expulsan a los mendigos foráneos y encierran a los indigentes. El Parlamento de la Provenza, por su parte, prohíbe el comercio con la ciudad y ordena el cierre de sus puertas. A principios de agosto, el Gobierno municipal ordena prender fuegos en las murallas, las calles y las plazas para sanear el aire. La epidemia alcanza su punto álgido en septiembre, con la muerte de más de mil personas al día. Las autoridades obligan a presos y vagabundos a retirar los cadáveres y la basura que se acumulan en las calles, mientras el poder central envía médicos de refuerzo y aísla Marsella y la Provenza del resto del reino. Poco a poco, la epidemia comienza a remitir, pero la ciudad seguirá confinada hasta noviembre de 1721. Tras un rebrote, el puerto aún sufrirá un bloqueo comercial de varios meses en 1722.

La lucha contra las epidemias, ¿justifica la restricción de las libertades individuales y colectivas? La cuestión resurge con fuerza unas décadas más tarde, en 1789, en términos no muy distintos a los que empleamos hoy. Tras proclamarse los principios de la nueva comunidad francesa en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, ¿era posible justificar la adopción de medidas que limitaran las libertades individuales en nombre de la defensa de la salud pública? La epidemia de Marsella pudo contenerse gracias a que la monarquía absoluta se apoyaba en herramientas muy restrictivas, como la intervención del ejército, las cuarentenas o el confinamiento y la vigilancia de la población. El poder real contaba, además, con el apoyo de los médicos que, si bien no se ponían de acuerdo sobre las causas y los tratamientos de las enfermedades, consideraban que la intervención del Estado en los asuntos sanitarios era tan legítima como necesaria.

Según el filósofo Michel Foucault, es en esta política sanitaria definida en torno a la noción de higiene pública donde debemos buscar las raíces de la biopolítica, un concepto que hoy sigue despertando debates y controversias. Al erigirse en «educadores» del género humano, los diputados de la Asamblea Nacional Constituyente tuvieron que hallar el modo de encajar las políticas sanitarias en la nueva era de las libertades. Durante el período revolucionario, igual que ocurre hoy con la COVID-19, el temor a las epidemias y las medidas para combatirlas condicionaron las decisiones políticas y, en general, las formas de gobernar las sociedades. Basándose en los consejos, a veces contradictorios, de los médicos (los «higienistas») y otros expertos, las autoridades políticas que se sucedieron entre 1789 y 1800 debieron mantener un equilibrio precario entre la defensa de los nuevos derechos individuales y colectivos, y las restricciones sanitarias.

El miedo a las epidemias

A partir de 1789, los riesgos de epidemia y de contagio se sitúan en el centro de las dinámicas de crisis y de radicalización política. Pese a que el poder absolutista consiguió acabar con las grandes epidemias de peste que marcaron la Europa del siglo XVIII, el riesgo de contagio sigue muy presente, como demuestra la epidemia de disentería que afecta a casi todas las provincias francesas en 1779. Además, las condiciones sanitarias y la mejora de los servicios médicos aparecen con frecuencia en los cuadernos de quejas que redactan las poblaciones rurales y urbanas en la primavera de 1789.

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