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  • Investigación y Ciencia
  • Marzo 2013Nº 438
Libros

Reseña

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Condición humana

Una nueva visión sobre la evolución y naturaleza del hombre.

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THE SOCIAL CONQUEST OF EARTH, por Edward O. Wilson. Liveright Publishing Corporation. Nueva York, 2012.

Nadie cuestiona la capacidad de Edward O. Wilson por abordar, e iluminar, las cuestiones centrales del mundo orgánico, con el hombre en su epicentro. De sus numerosas obras de fuste (On human nature, The ants, Sociobiology: The new synthesis, etcétera) esta viene a ser un compendio y un proyecto de trabajo. En ciencia experimental todo está abierto y la perspectiva de lo alcanzado no es más que punto de arranque para abordar la investigación subsiguiente. Aquí es la biología entera la que se somete a criba a través de un enfoque que diríase apendicular y un tanto paradójico: la explicación del hombre mediante su comparación con especies sociales de invertebrados.

Introduce al lector en la cuestión abriendo un capítulo sobre Paul Gauguin y uno de sus cuadros más famosos, para demostrar que las preguntas fundamentales de los hombres de todos los tiempos (¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos?, ¿qué somos?) no pueden responderse satisfactoriamente desde la filosofía, sino que requieren un estudio científico riguroso. El origen del hombre moderno, sostiene Wilson, «fue un golpe de fortuna dispar, buena para nuestra especie un instante, mala para el resto de la vida para siempre». (Sabidas son sus preocupaciones por el futuro de la biodiversidad y de la misma vida en el planeta, expresadas en The diversity of life y The creation.) La selección de grupo constituye para el autor el único modelo capaz de explicar la aparición y predominio del hombre.

En 1897, en Panaauia, no lejos del puerto tahitiano de Papeete, Gauguin preparó el caballete para plasmar sobre lienzo una inquietud que le atenazaba. Debilitado por la sífilis, arruinado en lo económico y hundido por la muerte reciente de su hija Aline, consciente de que su vida llegaba a su fin, quería que ese cuadro fuera el último. Cuando lo terminó, subió a la montaña decidido a suicidarse. Dudó a última hora y la sífilis acabó con él, dos años después. Gauguin se había propuesto reflejar en la pintura su concepción de la condición humana. Mirada con detenimiento, observamos una fila de figuras con un fondo de paisajes de Tahití. La mayoría de los personajes son mujeres, que representan el ciclo biológico de la vida humana: un infante a la derecha; un adulto de sexualidad ambigua en el centro, con los brazos alzados, símbolo del autorreconocimiento; hacia la izquierda, una pareja joven que recoge y come manzanas son el arquetipo Adán y Eva en búsqueda de conocimiento; y en el extremo izquierdo, la muerte, una anciana que se debate en desesperación y se supone inspirada en Melancholia, grabado realizado por Alberto Durero en 1514. En el extremo superior izquierdo del cuadro escribió su título famoso: D'où venons nous / Que sommes nous / Où allons nous?

En una generación, espera Wilson, conoceremos la base física de la consciencia. Pero ni siquiera entonces sabremos qué somos ni de dónde venimos. Habrá antes que dar respuesta a dos cuestiones básicas: por qué existe la vida social y cuáles fueron las fuerzas motoras que la trajeron a la existencia. Daremos una explicación si sabemos conjugar la información procedente de la genética molecular, la neurociencia, la biología evolutiva, la ecología, la psicología social e incluso la arqueología e historia. Y tomar como punto de comparación otros conquistadores sociales de la Tierra: hormigas, abejas, avispas y termes. No sería la primera vez que metodológicamente procediéramos así. Los biólogos han recurrido con éxito a las bacterias y levaduras para desentrañar los principios de la genética molecular humana. Nos hemos apoyado en gusanos y moluscos para conocer las bases de nuestra organización neural y memoria. Las moscas del vinagre nos han enseñado muchísimo sobre el desarrollo embrionario de nuestra especie. No hemos aprendido menos de los insectos sociales para conocer mejor el origen y el significado de la humanidad.

En el hombre se culmina una epopeya evolutiva que se representó con gran peligro y sin solución de continuidad. En la mayor parte del tiempo implicado, las poblaciones precursoras eran de talla pequeña, de un tamaño que, en el curso de la historia de los mamíferos, significaba extinción precoz. Todas las bandas prehumanas, tomadas en conjunto, no sumaban más allá de unas decenas de miles de individuos. En fecha muy temprana, los ancestros prehumanos se dividieron en dos o más. Por entonces, la vida media de una especie de mamífero era de medio millón de años. Por eso se extinguieron la mayoría de las líneas colaterales prehumanas. La que estaba destinada a dar origen al hombre moderno se expuso a la extinción muchas veces en el último medio millón de años. Pudiera haber bastado una sequía dura en un tiempo y lugar inapropiados, una epidemia o la presión de otros primates competidores. La evolución de la biosfera no hubiera dado marcha atrás para ofrecernos una nueva oportunidad.

En el Eoceno tardío, hace unos 35 millones de años, aparecieron los primeros Catarrinos; algunas especies que dieron origen a los monos del Viejo Mundo, primates y humanos. Hace unos 30 millones de años, los antepasados de los monos del Viejo Mundo divergieron evolutivamente de primates y humanos. Durante los seis millones de años transcurridos desde la divergencia chimpancé-prehumano hasta la aparición de Homo sapiens se precipitaron muchos acontecimientos que culminaron en la salida de África. Hace dos millones de años, primates homínidos cruzaron el suelo africano a zancadas. Lograron una radiación adaptativa en la que múltiples especies coexistieron en el tiempo y se solaparon al menos parcialmente en sus respectivos dominios geográficos. Dos o tres eran australopitecinos y por lo menos tres diferían lo bastante en el tamaño del cerebro y en la dentición como para merecer su adscripción al género Homo. Todas esas especies vivían en un mundo interrelacionado de sabana, bosque de sabana y bosque de ribera. Los australopitecinos eran vegetarianos. Las especies del género Homo recogían y consumían alimentos vegetales; pero también comían carne, de preferencia restos de grandes presas matadas por otros depredadores, aunque también cazaban pequeños animales que podían gestionar por sí mismos. Ese cambio entró de forma exclusiva en el laberinto evolutivo y marcó todas las diferencias.

A medida que los glaciares continentales avanzaban hacia el sur a través de Eurasia, África sufrió un período prolongado de sequía y enfriamiento. Buena parte del continente estaba cubierta de pradera árida y desierto. En ese tiempo de estrés, la muerte de unos cuantos miles de individuos, quizá solo de unos cientos, podría haber cortado la línea que conducía a Homo sapiens. Aisladas en África mientras los neandertales vivían todavía, había estirpes arcaicas de Homo sapiens, cuyos descendientes iban a propagarse de una manera explosiva fuera del continente. Poblaron el Viejo Mundo, hallaron el camino de Australia y arribaron hasta el Nuevo Mundo y Oceanía. Sustituyeron a las poblaciones existentes de neandertales hace unos 20.000 años.

Homo neanderthalensis medró en Europa y el Levante. Omnívoros como nuestros antepasados, los neandertales tenían estructuras óseas macizas y un cerebro mayor que el del Homo sapiens moderno. Emplearon útiles de piedra muy bastos, aunque especializados. La mayoría de sus poblaciones se adaptaron a los duros climas de la estepa de mamuts. Conocidos solo a través de unos cuantos fragmentos óseos, los denisovanes fueron especie vicaria de los neandertales que vivieron en Oriente.

Los neandertales desaparecieron hace unos 30.000 años, ya fuera por competencia por el espacio y el alimento, por matanza directa o por ambos con nuestros antepasados.

Hace solo 10.000 años se inventó la agricultura, un proceso que se iteró de forma independiente al menos en ocho ocasiones en el Nuevo y Viejo Mundo. Su adopción incrementó drásticamente el suministro de alimentos y, con ello, la densidad de población. Ese avance decisivo permitió un crecimiento exponencial de la población y la transformación del entorno natural en unos ecosistemas muy simples.

Homo sapiens es un animal eusocial, condición que alcanzaron nuestros antepasados prehumanos para establecer alianzas. La vía hacia la eusocialidad vino marcada por un compromiso entre la selección basada en el éxito relativo de los individuos dentro de los grupos y la basada en el éxito relativo entre grupos, una mezcla compleja y sutilmente calibrada de altruismo, cooperación, compensación, dominio, reciprocidad, defección y engaño. Para participar en el juego, fue necesario que las poblaciones adquiriesen en el curso evolutivo un grado cada vez mayor de inteligencia. Tenían que sentir empatía con los otros, medir las emociones de amigo y enemigo por igual, juzgar las intenciones de todos y planificar una estrategia para las interacciones sociales. El cerebro debía construir rápidamente escenarios mentales de relaciones personales, a corto y a largo plazo. Sus recuerdos tenían que viajar en el pasado para rememorar escenarios y en el futuro distante para imaginar las consecuencias de cada relación. Operando en planes alternativos de acción se hallaba la amígdala y otros centros del cerebro y del sistema nervioso autónomo controladores de las emociones. Así nació la condición humana, egoísta unas veces, altruista otras, dos impulsos casi siempre en conflicto.

¿Cómo alcanzó Homo sapiens ese lugar único en su travesía a través del enorme laberinto de la evolución? La respuesta es que nuestro destino estaba prefijado por dos propiedades biológicas de nuestros antepasados remotos: talla importante y movilidad limitada.

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