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  • Investigación y Ciencia
  • Marzo 2013Nº 438

Astropartículas

IceCube: Astrofísica desde el hielo

El telescopio de neutrinos más grande del mundo ha entrado en funcionamiento en el Polo Sur. Uno de sus objetivos consistirá en hallar pruebas de la existencia de materia oscura, la masa invisible del universo.

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«Dios todopoderoso, este lugar es horrible», escribió el oficial Robert Falcon Scott al llegar al Polo Sur, el 17 de enero de 1912. Tras dos meses y medio de penosa travesía desde la costa antártica, Scott y sus hombres hubieron de resignarse a encontrar allí la bandera noruega que la expedición de Roald Amundsen había izado un mes antes. Cien años después de aquella odisea, la base polar Amundsen-Scott se ha convertido en un centro científico que hospeda varios proyectos astrofísicos de envergadura. Entre ellos, IceCube, un telescopio de neutrinos de un kilómetro cúbico de tamaño.

Con una temperatura media de 30 grados Celsius bajo cero en verano, inaccesible y en noche perpetua durante los seis meses de invierno, el Polo Sur tal vez no parezca el lugar más idóneo para construir un detector de neutrinos. Añádanse a tales condiciones unas comunicaciones precarias —debido a que la mayoría de los satélites describen órbitas cuasiecuatoriales, no polares— y el hecho de que todo cargamento debe ser transportado en avión ante la imposibilidad de hacerlo por tierra, y la logística necesaria para erigir un proyecto del calibre de IceCube adquiere proporciones descomunales. Sin embargo, decenas de científicos de varios países hemos dedicado más de una década a diseñar y construir IceCube precisamente allí, en el Polo Sur geográfico. ¿Qué convierte al lugar más frío y seco del planeta en un emplazamiento tan especial para la física de neutrinos?

Para responder a esa pregunta debemos repasar brevemente la historia del descubrimiento del neutrino. Hacia los años treinta del siglo XX, numerosos experimentos parecían indicar que ciertas desintegraciones radiactivas violaban el principio de conservación de la energía: la masa del núcleo resultante más la energía de las partículas emitidas era inferior a la masa del núcleo original. Aunque la conservación de la energía constituye uno de los pilares fundamentales de toda teoría física, en aquella época solo había sido verificada empíricamente en fenómenos macroscópicos. ¿Podía ocurrir que en algunos procesos del micromundo la energía no se conservase? Físicos de la talla de Niels Bohr llegaron a especular sobre semejante posibilidad.

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