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  • Noviembre 2018Nº 506

Biología evolutiva

El problema más difícil

Cómo descifrar el enigma de la consciencia humana.

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¿Será realmente el ser humano la única especie consciente del planeta? ¿Serán las langostas y los leones, las abejas y los murciélagos meros autómatas que vagan por este mundo sin experimentar la más mínima consciencia? Aristóteles así lo creía y defendía que el hombre está en posesión de un alma racional, mientras que el animal solo conserva el instinto necesario para subsistir. En la cristiandad medieval, la scala naturae (cadena de los seres) nos situaba por encima de los animales sin alma, solo por debajo de Dios y los ángeles. En el siglo XVII, el filósofo René Descartes sostenía que los animales se regían solo por actos reflejos. Pero cuanto más ahondamos en la biología, más obvio resulta que no solo compartimos con ellos la anatomía, la fisiología y la genética, sino también la visión, el oído, la memoria y la expresión afectiva. ¿Seremos de veras los únicos poseedores de ese algo más tan especial? ¿Del maravilloso mundo interior de las experiencias subjetivas?

La pregunta es compleja, pues la consciencia, tan obvia como parece, quizá sea la cosa más difícil de estudiar. Ni siquiera tenemos una definición clara más allá de la respuesta a la conocida pregunta planteada por el filósofo Thomas Nagel en 1974: ¿Cómo es ser un murciélago? Nagel lo eligió por llevar una vida muy distinta a la nuestra. Podemos intentar imaginar cómo es dormir cabeza abajo o volar por el mundo con un sónar. Pero ¿acaso eso nos hace sentir ser algo? El quid de la cuestión es que, si no hay nada que haga que nos sintamos como un murciélago, podemos decir que no tiene consciencia. Si hubiera algo (lo que sea) que nos hiciera sentirnos como él, entonces la tendría. ¿Sabemos si hay algo?

Compartimos mucho con los quirópteros: ambos tenemos oídos y podemos imaginar que los brazos son alas. Pero intentemos imaginar ahora que somos un pulpo: ocho brazos ondulantes, prensiles y sensibles para desplazarnos y atrapar presas, carentes de esqueleto y capaces de escabullirnos por huecos diminutos. Solo un tercio de sus neuronas se halla en un cerebro central, las demás radican en los nervios de los tentáculos, uno por cada brazo. Recapitulemos: ¿hay algo que nos haga ser como un pulpo, su cerebro o uno de sus tentáculos? La ciencia de la consciencia no nos pone fácil la respuesta.

Aún peor es el «gran problema» de la consciencia: ¿cómo brota la experiencia subjetiva de la actividad objetiva del cerebro? ¿Cómo pueden las neuronas corpóreas, con todas sus comunicaciones químicas y eléctricas, crear las sensaciones de dolor, del maravilloso rojo del atardecer o del sabor de un delicado burdeos? Se trata de un problema de dualismo: ¿cómo surge la mente de la materia? ¿Seguro que lo hace?

La respuesta a esa pregunta divide a los estudiosos en dos bandos. A un lado el «equipo B», como el filósofo Daniel C. Dennett lo calificó en un acalorado debate, que cavila sobre el gran problema y cree en la posibilidad del «zombi» de los filósofos, una criatura imaginaria indistinguible de ninguno de nosotros, pero carente de consciencia. Creer en él significa que sería concebible que otros animales vean, oigan, coman y se apareen «en la más completa oscuridad», sin ninguna experiencia subjetiva. De ser cierta, la consciencia sería un atributo especial, una posesión que muchos calificarían de don, surgido, o no, durante la evolución.

Ante ellos se halla el «equipo A», formado por quienes rechazan la posibilidad del zombi y opinan que el gran escollo es, parafraseando a la filósofa Patricia Churchland, un «problema embaucador» que confunde la cuestión. Tanto si la consciencia es solo fruto de la actividad del cuerpo y el cerebro, como si ineludiblemente viene con todo, es obvio que la compartimos con algunos animales. Desde este punto de vista, carece de sentido preguntarse cuándo o por qué evolucionó la «consciencia de sí mismo», ni cuál es su función, pues no existe.

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