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  • Investigación y Ciencia
  • Noviembre 2018Nº 506

Ingeniería

Tecno sapiens

El despiece del motor de combustión interna desvela nuestro genio colectivo.

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No solo mostramos una extraordinaria capacidad de transmitir conocimientos de una generación a otra. Sabemos también aprovecharlos para crear nuevas técnicas, se trate de las bifaces achelenses o de la red eléctrica. Este vasto entramado de sabidurías y aptitudes prácticas ha requerido del esfuerzo de millones de personas a través de los milenios. Si la humanidad tuviera que reiniciar la civilización tras una catástrofe global, la recuperación de las sutilezas técnicas comprendidas entre la talla de la piedra y las líneas eléctricas de alta tensión podría llevar un largo tiempo.

La posibilidad de enseñar, de copiar y, especialmente, de mejorar las creaciones de generaciones anteriores separa radicalmente a nuestra especie de las demás. Las invenciones casi nunca son del todo innovadoras. La mayoría son reordenaciones o complementos de técnicas preexistentes. El motor de combustión interna ofrece un ejemplo claro. Se inventó mediante la selección de componentes disponibles en una colección de módulos mecánicos ya existentes. Si le quitamos su piel metálica, el capó, y lo diseccionamos como si fuera un organismo, encontraremos una organización compacta de mecanismos individuales, cada uno de los cuales ejecuta su propia función en precisa coordinación con los otros, cada uno con su historia de siglos.

En conjunto, el motor de combustión interna transforma, casi como de milagro, el calor liberado al quemarse el combustible en el suave movimiento del vehículo. En el apresurado corazón de un automóvil hallamos un juego de cilindros y émbolos, casi iguales en su forma a los de las antiguas bombas de agua. La expansión explosiva de los gases calientes producidos por el encendido del combustible dentro de los cilindros impulsa los pistones, pero ese movimiento de vaivén debe convertirse en la rotación del eje de transmisión y de las ruedas. Tres componentes del motor (el cigüeñal, el árbol de levas y el volante de inercia, de raíces remotas los tres) merecen especial mención.

La historia de estas piezas demuestra que el motor de un coche de carreras podrá parecernos el culmen de los avances tecnológicos, pero en realidad es un revoltillo de componentes tomados de viejas invenciones. Algunos se remontan a la antigua China e incluso a los inicios de la civilización.

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