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1 de Noviembre de 2018
Reseña

Evolución cultural

Lo que nos hace genuinamente humanos.

UN ANIMAL DIFERENTE
CÓMO LA CULTURA TRANSFORMÓ NUESTRA ESPECIE
Robert Boyd
Oberon, 2018

¿Qué hace especiales a los humanos? ¿Acaso es, como se declara a menudo, nuestra inteligencia superior, que nos sitúa en una posición de privilegio sobre el resto de los organismos? Robert Boyd, profesor de evolución humana y cambio social en la Universidad Estatal de Arizona, rechaza en Un animal diferente esa socorrida respuesta, como ya había resuelto hace más de diez años junto con Peter J. Richerson en Not by genes alone: How culture transformed human evolution (University of Chicago Press, 2006) y, ya antes, en The origin and evolution of cultures (Oxford University Press, 2005). Inspirándose en la genética de poblaciones, aquí el autor deja de lado la cuestión de la singularidad humana y se pregunta el porqué de nuestro éxito ecológico y capacidad de adaptación.

El área de distribución geográfica de una especie designa la superficie que esta ocupa, mientras que su ámbito ecológico hace referencia al conjunto de hábitats en los que vive. Ambos conceptos revisten utilidad, ya que constituyen una medida orientadora de cuán adaptable es una especie. A igualdad de condiciones, la especie con un ámbito más extenso podrá funcionar en un mayor número de entornos. Los humanos presentan la distribución geográfica y ecológica más amplia de todos los vertebrados terrestres.

Podríamos pensar que la expansión humana a través del globo constituye un fenómeno reciente posibilitado por la agricultura y la producción industrial. Sin embargo, no ocurrió así. A comienzos del Holoceno, hace aproximadamente unos 10.000 años, numerosos pueblos de cazadores-recolectores habían ocupado ya casi todas las zonas del globo, salvo la Antártida y unas cuantas islas remotas. Vivían en todos los entornos, desde las pluviselvas africanas y los desiertos de Asia central hasta las riberas heladas del océano Ártico.

Ninguna otra especie ha llegado a tanto. ¿Y qué es lo que podría explicar nuestro afán viajero, sino el hecho de contar con un potente cerebro? Sin embargo, el ser humano no se adapta a una amplia diversidad de entornos cambiantes mediante la aplicación de la inteligencia individual para resolver problemas, sino a través de una adaptación cultural acumulativa y, a largo plazo, mediante la selección darwinista entre culturas con diferentes normas sociales y valores morales.

Todo ello no es una mera interferencia humana en el mundo natural. Boyd propone que la cultura humana se inscribe en dicho mundo: pertenece a la biología de nuestra especie no menos que la pelvis o el espesor del esmalte que recubre los dientes. La cultura convierte al ser humano en un animal muy peculiar. El estudio de la evolución de nuestra especie se centra así en la dinámica de la información transmitida a través de la cultura. Al respecto, cabe señalar que, sobre todo, poseemos el lenguaje.

Del resto de los primates nos distingue la amplia variabilidad de expresiones de conducta, tanto entre individuos como entre comunidades. Una variabilidad de la que dan fe los trabajos de los antropólogos culturales, quienes investigan las sociedades primitivas, y de los historiadores, que sacan a la luz la evolución de los pueblos en el curso de los siglos. El resultado no tiene nada que ver con lo que nos cuentan los primatólogos sobre las comunidades de chimpancés y otros simios. Su cooperación se limita a una serie de comportamientos estandarizados, como el del aseo mutuo, o las tradiciones asociadas al empleo de herramientas.

En este planteamiento cultural, la selección favorece una psicología que provoca que muchos individuos abracen determinadas creencias por la sencilla razón de que tales creencias son mantenidas por otros. Incluso la más sencilla de las sociedades de cazadores-recolectores depende de herramientas y conocimientos demasiado complejos para que cada sujeto hubiera podido adquirirlas por sí mismo. La cultura es una suerte de almacén de conocimientos acumulados, locales y tácitos. La evolución cultural acumulativa constituye la gran ventaja distintiva de los humanos. Nuestra capacidad para aprender unos de otros aportó un ingrediente esencial para convertirnos en la especie exitosa que somos [véase «La evolución de nuestra excepcionalidad», por Kevin Laland, en este mismo número]. La evolución cultural nos ha conducido hasta el pináculo de especie dominante sobre la Tierra. Pero no todas las consecuencias son positivas: las ideas mal adaptadas y las creencias falsas pueden propagarse a través de imitaciones ciegas.

Nuestra capacidad para aprender fijándonos en los demás y nuestra confianza mutua explican la centralidad de las normas sociales y por qué los humanos se han mostrado tan cooperadores a lo largo del tiempo. Incluso en las sociedades primitivas, la cooperación excedía con mucho la desplegada por cualquier otra especie. En la naturaleza, la cooperación se explica fundamentalmente por el parentesco, pero no así en la especie humana. Milenios de evolución cultural acumulativa han ayudado a tejer una red mundial de especializaciones e intercambios. Peculiar de los humanos es la cooperación en grupos extensos de individuos, sin parentesco reseñable, para alcanzar bienes comunes [véase «Los orígenes de la moralidad», por Michael Tomasello, en este mismo número].

La cooperación en el interior de grandes grupos exige sistemas de normas reforzados por sanciones. En sociedades mayores y más complejas, la cooperación y la provisión de bienes públicos dependen de manera crucial de la sanción coercitiva de las instituciones, la policía y los tribunales de justicia. Las normas sociales cooperativas pueden adquirir multitud de formas. Las sociedades han desarrollado un amplio repertorio de códigos morales: de los contratos matrimoniales a los regímenes políticos pasando por las leyes sobre la herencia. Sociedades y grupos culturales compiten sobre la base de esos códigos diferentes, que varían en su capacidad de sobrevivir en un entorno cambiante. A modo de ejemplo, el cristianismo prevaleció sobre el paganismo en el Imperio romano porque este último tenía unas tradiciones de ayuda mutua muy débiles, en tanto que el cuidado solícito de los enfermos en las comunidades cristianas redujo la mortalidad e incrementó el bienestar.

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